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You Were Never Really Here

Impresiones / Reseñas > Gran Angular > Thriller





 
En realidad, nunca estuviste aquí (You Were Never Really Here, Lynne Ramsay, Reino Unido / Francia / USA, 2017)


 
 
Sinopsis (de qué va)

Joe (Joaquin Phoenix), ex marine y antiguo veterano de guerra, es un tipo solitario que dedica su tiempo a intentar salvar a mujeres que son explotadas sexualmente. No se permite ni amigos ni amantes y se gana la vida rescatando jóvenes de las garras de los tratantes de blancas. Un día recibe la llamada de un político porque que su hija ha sido secuestrada.


 
Sus hechizos

·  El uso maravillosamente asfixiante de su soberbio sonido.
·  Joaquin Phoenix y su manifiesta capacidad, cada vez más depurada, del minimalismo gestual; tanto que expresar musitando leves sentencias.
·  El acertado uso fragmentado del montaje, capaz de mostrar un perpetuo y tortuoso “fue” en el “es” actual del personaje.

   
Sus desaciertos

·  Sin duda, la “traición” final que ejerce el guion sobre Joe, con la elección en la última secuencia de una brizna de esperanza, a pesar de esas lágrimas que se desbordan, en ese doble final cuya primera elección nos parecía más coherente, devastadoramente acertado.
·  Con ese hiriente tono realista, la increíble falta de vigilancia del Poder en mayúscula; aún elidido, resulta poco creíble las escasas dificultades para acceder al el prostíbulo de lujo por parte de Joe y, más todavía, en la mansión del senador.

 
 
Primeras impresiones

 
Comercialmente, se ha dado por referenciar este duro y poco complaciente filme de Lynne Ramsay con el magnífico filme de Scorsese, Taxi Driver (1976); ahí queda la cosa, porqué aquí se nos presenta un personaje mucho más devastado interiormente que el Travis Bickle de De Niro, al margen de que no queda ni rastro del ensoñador romanticismo visual y musical que envuelve el primer segmento del formidable clásico norteamericano, si acaso la fugaz ternura de la primera secuencia entre Joe y su madre, rápidamente fulminada por la sucinta pero determinante presentación del vacío interno y el perturbado vértigo de nuestro protagonista en un entorno que atenaza y amenaza, más que el propio exterior de su seguro domicilio. Así, admitimos en esos frágiles paralelismos una voluntad comercial más allá de sus similitudes en el tono.

Por tanto, You Were Never Really Here adquiere su sobre bases particulares, casi podríamos decir que autónomas y muy propia personalidad singulares, alejada de arquetipos o modelos a imitar. Y eso la acaba convirtiendo en una rara avis con una autosuficiente mayúscula, con un poder de atracción anormal en los tempos cinematográficos de género que vivimos hoy en día, una película que puede resultar poco agraciada para el gran público debido a sus silencios, su dinámica interna fragmentada y su ahorro de medios o alardes, pero que a poco que te adentras en su escabroso terreno te acaba retorciendo el estómago, dejándote sin aliento hasta el final.
 
Ese abrumador poder de influencia sobre la psique del espectador lo consigue Lynne Ramsay mediante distintos medios, fomentados con el objetivo de meternos en la torturada mente de Joe, con el propósito de convertirnos en cómplices de sus decisiones. Así, principalmente el uso del sonido, aunque también el movimiento de cámara y la edición de montaje logran anular la resistencia individual del público con interés, que logra fácilmente sumergirse en su turbulento relato. El aspecto sonoro se expone como un elemento determinante para esbozar la fragilidad psicológica y el rumbo de las decisiones de nuestro protagonista: reconocibles melodías que surgen de antiguas radios y que pacifican su estado de ánimo, profundos silencios que trasladan su memoria a oscuros, dolorosos y definitorios recuerdos, caramelos crujientes que abstraen de elementos insustanciales por conocidos y, por encima de todos ellos, el sonido del exterior urbano, sucio, desapacible, agresor, que altera e impulsa la acción arrebatada e irreflexiva de nuestro anti héroe.

La inquieta cámara recorre la ciudad y las estructuras interna de manera subjetiva, convirtiendo los ojos de Joe en los nuestros propios, al mismo tiempo que los lacera persistentemente con el paso de vehículos y transportes públicos en primer plano ante el protagonista. Tomas de espejos retrovisores, acertadas imágenes poco explícitas de videograbador en blanco y negro o la espléndida secuencia lírica del hundimiento del cadáver de su madre completan una amalgama de decisiones técnicas hábilmente adoptadas por la directora.

En cuanto al montaje, cabe señalarse como cómplice poco tramposo del desarrollo lineal, aunque fragmentado, de la historia que narra. A pesar de haber notado una leve falta de correlación interna, cabe señalar que sus distintos segmentos se gradúan secuencialmente de manera bastante acertada, gracias al uso de secos cortes de fotogramas encadenados que nos remiten paulatinamente a imaginar, antes que observar, los motivos del introspectivo y brutal carácter de Joe; con muy poco Lynne Ramsay consigue que empaticemos con las ásperas acciones del protagonista justificándose más en el pasado que no en el presente del que es juez ejecutor, y eso es un mérito que cabe destacar, sin duda.

La directora escocesa ofrece todas estas herramientas a disposición de un relato profundamente sensorial, dolorosamente psicológico, sustentado en la minimalista interpretación de un Joaquín Phoenix que, si bien debería estar en la pole de los grandes premios de la temporada, tal y como sospechábamos con anterioridad (bit.ly/2wALbda), nos tememos que acabe siendo ninguneado debido al poco amable tono de la obra. Ciertamente, aunque elude la violencia (ojo al martillo, una vez más…) se muestra explícito en el dolor, especialmente en la visual de los fluidos que emergen naturalmente como efecto de la violencia; no obstante, mediante esas imágenes se muestra una interesante, seca y concisa radiografía de la levedad del ciudadano contemporáneo en su ámbito, empujado al radio de influencia de la sórdida violencia, las falsa apariencias y los vicios más abusivos e indignantes.

 
Nuestra valoración · 8,2

Tras tantos reconocimientos, me parece una lástima, casi un presuntuoso e imperdonable pecado no haber tenido la valentía de concluir o cerrar con fundido a negro el filme, de manera sobria y sucinta, haciendo honor de esta manera tanto a la personalísima estructura interna mostrada a lo largo de todo el filme como al tono y desarrollo de su relato. Si pudiéramos remontar el montaje final y eliminar esos últimos dos minutos, súbitamente después del ineludible y esperado final, la película podría mantener ese fatal y durísimo halo de nihilismo que supura cada uno de sus fotogramas, esa radiografía de la podredumbre de la sociedad occidental actual sin visos de esperanza posible, en lugar de anunciar un brindis al sol que no creen ni siquiera los supervivientes de estas existencias devastadas ya en su pasado o en su reflejo presente.



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