Wonderstruck - Travelling circular

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Wonderstruck

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El museo de las maravillas (Wonderstruck, Todd Haynes, USA, 2017)


 
 
Sinopsis (de qué va)

 
Ben y Rose son niños de dos épocas distintas, que desean en secreto que sus vidas sean diferentes. Ben sueña con el padre que nunca conoció, mientras Rose lo hace con una misteriosa actriz cuya vida narra en un libro de recuerdos. Cuando Ben descubre una pista en casa y Rose lee un tentador titular en el periódico, ambos comienzan una búsqueda que se desarrollará con una fascinante simetría.


 
Sus hechizos

·    El uso de una "sorda" alternativa adecuada al relato que va más allá de lo puramente narrativo, alejado de lo explícito y explicado.
· La bienhallada y maravillosa utilización de las composiciones sonoras, las cuales adquieren una densidad interpretativa singular que salvan al relato de caer en una pedantería sumamente aburrida.
·   El diseño de producción, adecuando decorados y vestuarios a cada una de las épocas en las que transcurre la historia de manera acertada.
·    Sus créditos finales, bellos y apropiados.

   
Sus desaciertos

·   El escaso sentido del entretenimiento de la historia, con un desarrollo sin apenas ángulos factuales ni graduación melodramática alguna, y con un final, a la postre, poco poderoso, desalentador.
·   El desacierto en el casting, con dos jóvenes protagonistas sin la deseable fuerza interpretativa que sus roles demandan, no llegando a transmitir apenas la emoción que el texto original pide de ellos y sus acciones.
·  El continuo cambio de escenario o contexto, con la finalidad de ir estableciendo paralelismos entre ambos relatos,  que acaba desesperando a las paciencias más templadas ante la exasperante falta de progreso de los mismos.
·   Sus pobres resultados conjuntos. Con el objetivo de atrapar la empatía emocional del espectador, confunde delicadeza y reflexión con arrogancia y tedio.
 
 
Primeras impresiones

Con un personalísimo sello de autor granjeado gracias a sus anteriores proyectos a contracorriente, las propuestas de Todd Haynes resultan siempre atractivas desde varios ángulos de consideración. Poderosas historias melodramáticas en las que los más olvidados, desfavorecidos o vilipendiados, aquello más cotidiano a la vez que contracultural, acaba por rasgar la realidad más próxima e invadir una concepción instaurada por el uso de la costumbre,  llevándola al terreno del cuestionamiento y el debate. Con un enfoque temático radicalmente subversivo, la óptica de cámara centra su atención siempre en la dinámica de sus personajes y sentimientos, en la evolución, ruptura e identificación como señas de identidad permanentes.

No obstante, en esta ocasión el pionero de la corriente cinematográfica New Queer, instaurador de esas directrices tan personales, nos acaba ofreciendo un proyecto demasiado blando y ortodoxo, sin apenas mordacidad reflexiva, lo cual deriva en unos resultados que acaban produciendo hastío e indiferencia. Bien es cierto que el germen de la historia queda algo alejado de sus coordenadas habituales, pero también lo es el hecho del genuino interés mostrado sobre el texto original y la activa implicación que mostró en la escritura del guion junto al autor original, el prestigioso novelista Brian Selznick. Quizás la voluntad conjunta de ejercer un respeto fidedigno sobre el relato inicial acaba lastrando el desarrollo de una historia demasiado encorsetada y lineal, previsible y demorada en exceso.

Ese es uno de los defectos más notorios de este filme. La dilatación de los hechos se produce de una manera tan exagerada que, para cuando se producen las esperadas revelaciones, el espectador ya está derrotado, debido al hecho de asistir ante una historia en la que no ocurre nada especialmente sorprendente y que arrastra, a la vez, dos graves problemas en su haber: las circunstancias no son radicalmente ajenas y no generan ningún interés, y los personajes adolecen de una alarmante incapacidad de extrapolar sentimiento alguno, lo cual es aún más preocupante. Los sucesos que desencadenan la sordera de Ben, por ejemplo, producen una tibieza emocional tan sólo equiparable a la frialdad que nos deja la andadura paralela de Rose en busca de su madre; nada es punzante con el sentimiento, ningún hecho produce una reacción anímica de sugestión hacia el relato con una mínima fuerza como para no adormecer los sentidos del espectador.

Si acaso, existen algunos elementos técnicos influyentes en la evolución del texto que sí consiguen evitar la desconexión abrupta y antes de lo deseable de la película. Ciertamente, no se consiguen los resultados brillantes y/o esperados en la parte gestual del filme, la cual ocupa el grueso estructural del mismo, al tratarse de una historia ambientada en plena época muda (1927) protagonizada por una joven sordomuda y, en paralelo cincuenta años más tarde, por un joven que pierde la capacidad de oír, ni tampoco acaban adquiriendo una impronta destacable los objetos significativos que empujan las emociones y actos de los dos jóvenes protagonistas, pero sí que consigue calar hondo y alcanzar cuotas de auténtico interés la óptima adecuación de la parte sonora a todo ese vacío sin sonido, a ese universo sin palabras, gracias a las gráciles y afiladas composiciones musicales de un Carter Burwell habitual en los proyectos de Todd Haynes, pero que en esta ocasión va mucho más allá de sus artísticas y poco valoradas melodías mediante la introducción de elementos que adquieren una consistencia real y ofrecen una dialéctica argumental de manera autónoma, por si mismos.

Otro de sus atractivos reseñables es la minuciosidad del tratamiento escénico, acompañado de un óptimo trabajo cinematográfico. Los sets exteriores y vestuarios están lo suficientemente documentados y mostrados como para trasladarnos de manera brillante a la ciudad que nunca duerme en dos épocas bien distintas, la floreciente, más formal y conservadora en época de entreguerras y, en contraste constante con ésta, la autosuficiente, rebelde e hippie Nueva York de los salvajes setenta; sucias y alborotadas calles o vehículos prehistóricos en un blanco y negro notable se alternan con imágenes de multiculturalidad, mixtura social y patas de gallo grabadas en un quemado y opaco color. Su atractivo es lo suficientemente grande como para, en este aspecto sí, captar toda la atención del espectador.

 
Nuestra valoración · 5,6
 
En conclusión, la obra ofrece abundantes claroscuros, más allá de esas buenas imágenes, que acaban generando, quizás, una pequeña decepción para los seguidores más activos del tratamiento transgresor que habitualmente imprime Todd Haynes en sus proyectos. Nos encontramos ante una película roma, con un desarrollo argumental sin aristas, con una profundidad que se presupone o adivina pero que no llega a ser jamás claramente tangible. Si el desarrollo es francamente monótono o aburrido, la decepción mayor llega con su clímax, sin las sorpresas que promete ni la conveniente carga sentimental anunciada a lo largo de su andadura. En este sentido, su última escena nos deja más fríos que la estrellada noche con la que comparte protagonismo.

 Tiene valores y aspectos destacables, pero nunca llega a satisfacer de una manera completa, hasta el punto de permanecer en el recuerdo tras su conclusión en la medida de no volver a invertir dos horas más en un posible revisionado.


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