Toni Erdmann - Travelling circular

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Toni Erdmann

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Toni Erdmann
 
(Maren Ade, Alemania / Austria / Rumanía, 2016)

 
La tristeza del bufón

 
 
Sinópsis

 
Winfried Conradi es un ser un tanto peculiar, al que le encanta adoptar identidades falsas y gastar bromas con el fin de hacer sonreír al prójimo y ofrecerles algunos momentos de felicidad. Profesor de música separado, un tanto incomprendido por sus continuas excentricidades, sólo tras la muerte de su fiel perro se trasladará a Bucarest, donde reside temporalmente su hija Inés, incapaz de extralimitarse más allá de su gélida formalidad profesional, y cuyo único objetivo es medrar dentro de la corporación donde trabaja. Tras observar la aparente infelicidad de su hija, su ineptitud para observar y disfrutar de los gestos cotidianos de la vida, Winfried regresará a Alemania dejando tras de sí a Toni Erdmann, extravagante sujeto con una visión histriónica de la vida cuyo objetivo será reconvertir el carácter y la existencia de Inés.

 
 
Conceptos

 
Aislamiento y felicidad. Tratándose de una película de atípica narrativa, en la que los gestos quedan huérfanos de significado si no se conceptualizan desde un ejercicio de experiencia particular, en un juego de implicación al que se adhiere (o no) el espectador desde su preámbulo, la temática transversal que recorre y traspasa el relato se construye a partir de la confrontación de dos posturas vitales básicas, dos puntos de vista y procederes cotidianos encarnados por el padre (el hierático Winfried Conradi y su(s) histriónico alter ego Toni Erdmann, interpretado ajustadamente por Peter Simonischek ) y su fría y ambiciosa hija Inés (excelente Sandra Hüller). No obstante, a pesar de que ambos encarnan dos modos distintos, encontrados, de establecer una escala de valores que les empuje y les lleve a conseguir sus objetivos existenciales, los dos sujetos arrancan desde un punto de partida biográfico similar, la reclusión en su propia soledad interior, alejados de una relación social auténtica que les permita satisfacer sus necesidades primarias básicas, la de dar y recibir cariño de manera espontánea y natural.
 
Winfried es un profesor de música separado afín a utilizar  pequeños gadgets que lo ayudan a camuflar socialmente su auténtico yo, adoptando roles ajenos de imaginarios personajes entrañables con tanta fuerza y convicción que son éstos y no él mismo los que adquieren mayor relevancia en su existencia. Pero su extravagante comportamiento no acaba de encajar en un mundo férreamente tipificado y catalogado, con escaso margen fuera de una dicotomía claramente establecida entre lo normal y lo extraño, lo real y lo imaginario. Ni sus alumnos ni su entorno más cercano, su propia madre y sus amigos, acaban por comprender y reaccionar a sus bufonadas ni adoptar el filtro que éste le impone a la vida. Es un personaje en sí mismo al que la pérdida de su senil can y único fiel amigo lo acaba dejando desamparado, desubicado en una realidad en la que no consigue alinearse.
 
Inés, por su parte, tiene una notoria incapacidad para abrir sus sentimientos al prójimo, para valorar en su justa medida cualquier acto en el ámbito de la proximidad más informal; tiene, además, la firme decisión de mostrar sus aptitudes y capacidades profesionales en el marco de una sociedad actual donde la presencia femenina está claramente infravalorada e incluso vilipendiada. Fría y calculadora hasta unos extremos que logran crear incomodidad al espectador, conoce y sufre su lugar en el competitivo entorno profesional que la envuelve, sabe lo arduo y doloroso que supondrá tener alguna posibilidad de medrar, llegando incluso a rehusar el contacto cercano o íntimo en un intento de salvaguardar su integridad formal, aun a costa de encorsetar sus relaciones de manera rígida y artificial.
 
Ambos deberán aprender a convivir con lo forzosamente propio aunque ajeno, a adaptarse a realidades alternativas a las asumidas hasta ese punto biográfico, y ninguno de ellos saldrá indemne. Winfried / Toni Erdmann tratará, mediante una terapia de choque con una realidad caótica y deformada, resquebrajar los sólidos esquemas mentales de Inés para que de este modo pueda penetrar la luz de la cotidianidad, la belleza de los pequeños gestos, la relatividad de la gravedad en su gris existencia, y aunque consiga salir victorioso de una dura batalla (un sentido y afectuoso abrazo lleno de cariño y gratitud, aun bajo el ropaje de un alter ego) al fin queda la sensación de que todavía queda lejos la victoria final, la reconversión de Inés hacia una existencia menos rígida y artificial, más feliz, y por consiguiente, la realización de su propia felicidad. Por su parte, Inés sí que muestra una evidente aunque dificultosa evolución, una ruptura con fingidas poses sociales y artificiosos comportamientos, pero la última secuencia propone el arduo camino que aún le queda por recorrer, centrando su vida y objetivos en lo profesional y mostrando una leve vis cómica, un “yo lo aprendí pero no lo asumí” en el plano final.
 
En definitiva, la propuesta formal de la Mare Arde, desde la prudente distancia de su objetivo versus sus protagonistas, sigue siendo más la de ofrecer poderosos cuestionamientos acerca del ser contemporáneo y su conducta social que la de posicionarse en perspectiva alguna; eso queda en manos del espectador. En definitiva, ¿qué es la felicidad y como la podemos atrapar?


    

 
 
El Personaje

 
Es evidente que la presencia dominante, debido a su poderío e impacto visual así como por su fuerza arrolladora es el personaje que otorga el título homónimo al filme, pero también es cierto que la figura central alrededor de la cual orbita la acción y la que tiene un desarrollo más determinante es el de Inés (Sandra Hüller). Desde su gélido mutismo, sus abrazos y medias sonrisas forzadas en su visita a Alemania, su indisimulada incomodidad social en un entorno inhabitual, pasamos a observarla en toda su dimensión en su verdadera salsa a raíz de la visita de su padre. Mediante artificiosos patrones de comportamiento profesional, su conducta no varía ni aun en los momentos de asueto, siendo la sorpresiva visita de su padre más una molestia que un motivo de alegría. Sus ocurrencias entorpecen sus milimetradas palabras, la obligación de atenderle topa frontalmente con su repleta agenda de compromisos laborales aun en horas de descanso… es por eso que cuando su padre decide irse tras ver su incomodidad que respira aliviada al mismo tiempo que retiene las lágrimas por saberse indigna en cierto modo.
 
Su falta de pasión por la vida en panorámica se observa de manera muy clara en la cosificación y desinterés por todo lo que no circunscriba de manera estricta al ámbito de los modos. Así, cuando su colega intenta tener una relación sexual apasionada, ella muestra poco interés, si acaso por ser una de las pocas ocasiones en las que puede ejercer su derecho dominante sobre la figura masculina, ordenando una escena cómica de humillación. Finalmente, algo se quebrará en su interior cuando la presión sin salida de Toni Erdmann la obligue a no caer más en el ridículo (a pesar de que ella cree que es así) en una escena en la que desnuda toda su frustración y rabia a través de una interpretación musical. A partir de ahí, su comportamiento se liberará de algunos tabús sociales y la vergüenza quedará borrada de su vocabulario, escenificando su liberación en el abrazo verdadero y bizarro, lleno de sentimiento, en un lugar público, a plena luz del día y en batín.
 
El objetivo de su vida, al término de su aventura, se habrá abierto lo suficiente para admirar desde lo alto su atalaya profesional (algo menos fortificado) muchos más entes o circunstancias significativas que componen su vida.

 
 
La toma / la secuencia

 
Sin duda, ante tanta sonrisa a medias, la secuencia de la fiesta en el piso de Inés, cuando decide repentinamente, en un ataque muy a lo “Erdmann” prescindir primero de su elegante y formal vestido y después de su ropa interior, obligando a sus compañeros de trabajo que deseen acceder a la misma a despojarse de su falsos ropajes para asistir en igualdad de condiciones, como seres humanos libres, sin corsés sociales ni obligaciones de conducta. Dubitativos y avergonzados, la situación se volverá extravagante a la vez que cómica, relajando los nervios acalambrados de los presentes, con la asistencias del mudo personaje de Toni Erdmann revestido con otro personaje, la figura de un extraño y peludo ser tradicional al cual las leyendas le otorgan la capacidad para ahuyentar los nefastos espíritus y apaciguar las malas vibraciones. Una secuencia de lo más hilarante y significativa a la vez.

 
 
La valoración

 
Filme absorbente, con fuertes posos en la conciencia del espectador, bastante menos cómico de lo publicitado y no por escasez de escenas de género, sino más bien por el tono de perpetua ensoñación, de continua reminiscencia hacia algo perdido en el tiempo imposible de recuperar, representado en la triste sonrisa ortopédica de Toni Erdmann, en su misma mirada descorazonadora en ocasiones, en su cabeza cabizbaja en el descansillo de, oh, ese piso… Película algo incómoda debido el efecto reflejo que puede producir, por la escueta empatía de Inés hasta bien avanzado el relato… proyecto lastrado por su excesiva duración, que aun así, da mucho que hablar.

 
Nuestra nota: 7,3
 
 
 
 


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