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The Death of Stalin

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La muerte de Stalin (The Death of Stalin, Armando Iannucci, Reino Unido / Francia / Bélgica, 2017)


 
 
Sinopsis (de qué va)

La noche del 2 de marzo de 1953 pasó a las anales de la historia como la noche en la que falleció Iósif Stalin, Secretario General de la URSS, amén de tirano dictador y sádico carnicero que mantenía bajo el control de su puño de hierro a todo un Imperio de naciones. Tras su muerte, su propia descendencia, además de toda la cohorte de consejeros políticos, secretarios y militares a su servicio se disputarán su sucesión mediante argucias, traiciones y vergonzantes actitudes, en una hilarante sucesión de momentos que perpetúan y acentúan el sinsentido de una sociedad deshecha y unos individuos de moral corrupta. Basada en una historia real, La muerte de Stalin es una divertidísima sátira sobre los días previos al funeral del padre de la nación. Dos jornadas de duras peleas por el poder absoluto a través de manipulaciones y traiciones.


 
Sus hechizos

· Su portentoso guion, basado en una vis cómica sarcástica y corrosiva, con una batalla dialéctica que agarra el intelecto y remueve las sonrisas con constancia y seguridad en sí misma.
· La velada crítica hacia los aspectos más sucios y egoístas de un sistema comunista ensalzado como el más idóneo para conformar una sociedad equitativa, que empobrece el alma colectiva en pos del beneficio individual más egoista, justo al contrario de su proclamas
· El tour de force interpretativo, con roles notablemente marcados que intentan liderar sobre el resto del grupo con desenfrenadas argucias y engaños inteligentes.
· Su diseño de producción, el cual nos traslada con suficiencia y habilidad al elegante pero gélido ambiente de la URSS del régimen del terror y la sumisión.

 
 
Primeras impresiones

Con la única referencia presente del único y anterior trabajo cinematográfico en solitario del director escocés Armando Iannucci nuestras expectativas frente a este estreno no eran demasiado altas, a pesar de la buena valoración que obtuvo In The Loop (2009) y de las notables impresiones de este largometraje en sus primeras exhibiciones desde que arrancará su andadura internacional en el TIFF del pasado septiembre. Artista con un afilado sentido para la sátira política más, lo cierto es por sus particulares proyectos televisivos anteriores había recibido reconocimientos unánimes y prestigio suficiente como para intentar plasmar su retórica habilidad en el celuloide. Pero para nuestro gusto su debut de 2009 no acabé de satisfacer esas expectativas, con una historia con escaso gancho y poco interés en contraste con los agudos diálogos y buenas interpretaciones que asesoraba.

Así que, como suele resultar en estas circunstancias, nuestra impresión resulta quizás algo desorbitada, ya que a pesar de estar ante una de las mejores “comedias inteligentes” de los últimos tiempos quizás nuestro juicio se vea afectado por la tremenda sorpresa encontrada. No obstante, en un intento de equilibrar nuestra valoración y tras una detenida reflexión de sus componente, hemos de señalar que sus resultados finales nos parecen brillantes, al juntarse distintos elementos que la elevan a una categoría diferente a las de algunos otros ejemplos abordados en esta categoría en la última década, fundamentalmente al centrar su eje narrativo en el mismo seno de la historia política para después retorcerla absurdamente, en vez de situarse en el absurdo de las consecuencias políticas sobre el contexto social.

El punto de partida, así como el recorrido por el que transita el relato, tiene fuertes remiendos de veracidad histórica, aunque es desde los significativos silencios en blanco o escenarios demasiado ambiguos donde Iannuci juega sus manos más exitosas. Complejos personales, miedos atroces o inseguridades permanentes atacan a los individuos en el marco de los constantes, subrepticios y astutos movimientos de falsas alianzas y ocultas traiciones que mueven los actos de todos los principales actores de esta farsa, con el fin de obtener el poder de decisión supremo sobre todos los órganos (y por ende la sociedad) soviética. La construcción narrativa, desde esta perspectiva, debía ser y es magnífica, con sucesivos giros de fuerzas, constantes vaivenes y excepcionales diálogos plagados de cortantes ironías y oscuros intereses de futuro.

Al margen de conseguir su principal objetivo, los pilares de esta hilarante historia se sustentan sobre la poderosa armadura cimentada de las interpretaciones, dotando a cada uno de los principales roles de sucintas pero delineadas personalidades divergentes, opacas entre sí pero meridianamente transparentes para el espectador: empezando por la pérfida astucia de su asesor más chistoso y ninguneado (Khrushchev / Steve Buscemi), pasando por la intranquilizante inseguridad y permanente manipulación a la que es sometido el Primer Secretario Malenkov (Jeffrey Tambor) o la sanguinaria indignidad y continuas argucias del lúgubre jefe de la temible NKVD Beria (Simon Russell Beale), y terminando, como ejemplo, con el desaforado impulso castrense del mariscal de campo Zukhov (Jason Isaacs), todos, absolutamente todos, realizan sus actos acorde al temperamento que los define, sin importar las consecuencias que acarrearán sus actos, dejando apartada cualquier consideración ética sobre los posibles efectos colaterales originados por sus decisiones, solo preocupados por su único y exclusivo beneficio propio.

Si el libreto y la labor de casting son acertadamente soberbias para el tono con el que se pretendía barnizar el filme, no es menos destacable el apropiado diseño de producción ejecutado sobre sus escenarios, planteando un entorno duro y gélido, incómodo  e intranquilizador, alrededor del cual se mueven los títeres de un sistema imperial con excesivos atributos distintivos como para ejercer un mandato equilibrado y duradero. Evidentemente, todo es una falacia, un falso espejismo de igualdad basado en la acumulación central de poder y riquezas en manos de la arbitrariedad más atroz, aquella que subyuga la razón y la opinión al imperio de la sangrienta dictadura y las purgas indiscriminadas; el ambiguo ambiente externo a los personajes se vertebra de este modo sobre sus biografías y acciones, edificando un escenario donde el corpus de comedia histórica adquiere un único e indisoluble rostro, el de la sonrisa helada sobre una realidad terrorífica sin visos de solución.

 
Nuestra valoración · 8,4


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