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Tarde para la ira

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Tarde para la ira

(Raúl Arévalo, España, 2016)


 
 
Cólera apaciguada

 
 
Sinópsis
 
 José (Antonio de la Torre) es un hombre tranquilo, diríase que inquietantemente sereno, al que vemos como uno más en uno de los principales quehaceres del español medio: pasa las horas metido en un bar de barrio, juega disputadas partidas de cartas con los habituales… aunque da la impresión que todo eso es secundario ante su interés por la hermana de Juanjo (Raúl Jiménez), amigo y copropietario del local junto a Ana (Ruth Díaz). A pesar de que ésta mantiene una relación vis a vis con su novio de siempre, Curro (Luis Callejo), condenado a ocho años de prisión debido a un violento, fallido y nefasto atraco a una joyería, al final accede a la insistencia pasiva de José, viendo en el deseo de éste una oportunidad para rehacer su vida. Pero hay un problema: Curro está a punto de salir de la cárcel, y ella deberá elegir entre seguir al lado de alguien desconocido, por quien ya no siente nada, o bien comenzar una nueva vida junto al hijo de ambos alejada de la mezquindad y las penurias de un triste pasado y un futuro indeseable. No obstante, la realidad a veces va mucho más allá de lo imaginable.

 
 
Conceptos
 
 La estructura del relato se articula mediante la presentación en fundido negro de los elementos fundamentales que vertebran el filme: el bar, la familia, Ana, Curro, la ira… siendo este último evidentemente el que ocupa mayor desarrollo. Pudieran ser éstas unas cortinillas a modo de introducción de los distintos segmentos principales de la trama, aunque también sirven para contrastar poderosamente aquellos aspectos que definen a cada uno de los sombríos personajes, hechos sustanciales de los que son prisioneros junto a su pasado.

 Angustia vital: Ana representa de manera brillante la figura de quien se sabe irremisiblemente encadenada a un pasado que no ansía como futuro, víctima de un sofocante entorno vital para el cual no se vislumbra alternativa. Ella tan sólo “tira palante”, tal y como le resume por mail a José, se deja arrastrar dolorosamente por la marejada del presente esperando infelizmente en el bar a que salga Curro de prisión para someterse totalmente a la suya junto a él y su hija, en su propio hogar. Por eso, cuando accede en un loco arrebato a las pretensiones de José vislumbra una tenue y arriesgada, mínima pero tentadora posibilidad de huir de esa vida predestinada al infortunio. En un primer momento entenderá que el riesgo sí ha valido la pena, pero al final deberá asumir su propia derrota de manera desolada, ejemplificada en el auténtico gesto de shock ante la árida certeza de la incapacidad de alcanzar sus sueños, una utopía que se desvanece súbita y cruelmente en brazos de Curro.
 
 Pasado presente: No sólo Ana reside anclada por los estigmas de su doloroso pasado; la inviabilidad de alejarse de él es una rémora que marca decisivamente el presente de los demás actores de esa existencia, empezando evidentemente por José, quien ha adaptado toda su vida con el fin de satisfacer las lacerantes heridas abiertas de un pretérito demasiado hiriente, o Curro, el cual ejemplariza la derrota del carácter reeducador o la función de reinserción de la política carcelaria mediante su temperamento agresivo y que, a pesar de todo, también necesita un sostén para fijar su existencia y su falsa valentía (de nuevo, ese plano final…), o incluso mediante el contraste de sus dos cómplices aún vivos, Triana (excelente Manolo Soto) el cual permanece en el mismo lugar vital de hace ocho años y Julio (Font García), quien ya imaginaba con total certeza que el pasado lo buscaría y encontraría para cobrarse su precio, tal y como demuestra el derrumbe de su semblante en la plaza.

 Venganza iracunda: Por fin, el gran eje bajo el cual gravitan y se subyugan todos los elementos y talantes: la paciente y firme convicción que más pronto que tarde llegará la hora de ajustar las cuentas, de implantar una justicia real más allá de lo establecido por los pactos de los hombres y sus leyes, de desatar una furia descontrolada y de consecuencias inciertas con el fin inconsciente de apaciguar el tormento implacable de la memoria mediante la ley más primigenia, la del Talión. Y esa venganza surge de lo más profundo y recóndito del ser, de las mismísimas entrañas, ya que no existe planificación ni objetivo concreto más allá de la preparación del anzuelo. No, no debe haber perdón para el malvado, ni siquiera consideración alguna por el enorme daño colateral que sus actos causarán; tan sólo hay muchísimo veneno enquistado por la rabia que debe extraerse, la ira de quién sabe devastado sin remisión y busca gélida pero implacablemente calmar sus demonios interiores. Pero al final, una vez perpetrada la venganza, ¿cuál es el destino? Será entonces cuando José se adentre en la senda de su verdadero infierno, el del vacío existencial.


    

 
 
El personaje
 
 Todos los seres que deambulan por este angustioso e incómodo relato se perfilan y postulan con una veracidad nada impostada, haciendo meritorio el proyecto mediante su labor. Podríamos hablar de cualquiera de ellos, ya que realmente todos lo bordan, nos trasladan a esos barrios marginales con poco futuro, a esos tenebrosos espacios donde nada bueno ocurre, pero aquí destacaremos el trabajo interpretativo que Antonio de la Torre realiza para encarnar a José, ciertamente desarrollando un rol ya observado en anteriores ocasiones (la última por ejemplo en el mismo 2016 con la también magnífica Que Dios nos perdone dirigida por Rodrigo Sorogoyen) pero apretando con mucha fuerza el mismo. El talante que muestra José bascula a lo largo del filme entre el dominio de su contención y la firmeza de su determinación: observamos su gélido temple (en el bar, en la comunión) o su natural firmeza para encajar los golpes (como el que le propina Curro) con bastante sensación de agobio y mucho deseo por ver el interior del personaje, por descubrir que hay tras esa enorme contención anímica; en la segunda parte de la trama vemos una interesante combinación entre ese aspecto hierático, impasible, y la aparición de brotes súbitos en los que muestra una venganza iracunda implacable y devastadora, sin medida ni control alguno.  Y todo ello mediante un óptimo ejercicio gestual, brillantemente comunicativo con escasos pero bien aplicados recursos dada la escasez de diálogo que su atormentado perfil requiere. Esa combinación y evolución supone, a la postre, un  marca perentoria en la hondura argumental de este seco, abrupto pero estiloso thriller.

 
 
La toma / la secuencia
 
 El impacto definitivo, el punto álgido del arco narrativo, se alcanza sin ninguna duda en la secuencia del gimnasio y, más específicamente, en la escena del zulo. Seguimos cámara al hombro a José, Curro y Triana en su descenso a los infiernos, a la locura generada ante la evidencia de que se dirigen hacia un punto de no retorno por angostos pasillos, y nos adentramos en un desordenado espacio que hace las veces de almacén y despacho. Allí observaremos mediante sus rostros tres actitudes distintas: la duda y el temor ante la segura probabilidad del momento fatídico (Curro), la confianza del que se conoce impune por sus actos (Triana) y, sobre todo, la angustiosa certeza de José, del que se comprende ante su ansiado momento de la verdad y no sabe todavía cómo resolverlo, la profunda transformación de espíritu que muestra desde la intranquilidad a la ira más irracional, el éxtasis y el horror ante la violencia desenfrenada perpetrada con el destornillador, la frialdad y la calma tras el asesinato, la valentía y el aplomo para huir de un escenario imposible. El clima generado en esa secuencia ya justifica con suficientes garantías la validez del proyecto.

 
 
La valoración
 
 Otra muestra más de la hondura narrativa de los guiones españoles de género, de cómo han sabido adaptar las formas y modelos estilísticos triunfadores allende los mares a la idiosincrasia peninsular mucho más allá de manidos e insustanciales estereotipos clásicos. En nuestro territorio también existen muchas promesas quebradas, muchos sueños rotos, mucha violencia contenida, sólo que tenemos otra manera de expresarla, y parece que hemos dado con la clavija acertada.

 Nuestra nota: 7,1


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