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Requiém por un sueño

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Réquiem por un sueño

 
(Requiem for a Dream, Darren Aronofsky, USA, 2000)


 
 
Caída al vacío



 
 
Sinopsis
 
 Sara Goldfarb (Ellen Burstyn) vive sola en un pequeño piso de un barrio obrero de Brooklyn, con la única compañía de su televisor y su nevera desde que murió su marido y su hijo Harry se fue de casa; la apatía sedentaria, los programas de entretenimiento y los informativos comerciales, aparte de la comida basura, sacian su soledad. Por eso, el día que pica el anzuelo de una falsa invitación para ir a un programa, sus hábitos se radicalizarán; su obsesión por asistir con una imagen conveniente le facilitarán la excesiva y desmedida dependencia de fármacos de adelgazamiento, lo cual la arrastrarán lentamente hacia la locura. Mientras tanto, su hijo Harry (Jared Leto), su novia Marion (Connelly) y su amigo Tyrone (Marlon Wayans), todos sin oficio ni beneficio, lidiarán con todo tipo de drogas cada vez con más frecuencia, obnubilándose su uso de razón y haciéndose trizas los sueños y proyectos comunes futuros, afectando incluso la relación entre todos ellos.
 

 
 
Conceptos
 
 Esta no es una película visualmente cómoda ni estructural o temáticamente fácil, especialmente si nunca se ha estado cerca de los márgenes de alguna adicción, dígase drogas, alcohol, juego, parafilias o cualquier otra obsesión desmedida e ilimitada por cualquier ente u objeto de nuestro entorno. Todo ser humano tiene referencias, aun a nivel mental o no material, que pueden convertirse en recurrentes, pero cuando convertimos las mismas en nuestro eje vital, entonces pasamos a tener un gran problema, y esto es precisamente una de las reflexiones que muestra este film. Con todo, en este último visionado, podríamos señalar cuatro ejes conceptuales vertebradores.

 Adicción: Fundamentalmente a las drogas de diversos tipos, pero también a los recuerdos, a las imágenes surgidas desde la memoria y los productos ficticios construidos a través de deseos irrealizados. Sara Goldfarb (una veterana Ellen Burstyn en el papel de su vida) es el personaje que reúne un mayor número de ellas, ya que muestra una afición desmedida, exageradamente precursora y al mismo tiempo coetáneamente familiar hacia la televisión y sus vanos y frívolos programas de entretenimiento, influenciada sustancial y pervertidamente por los mensajes explícitos o subliminales que se emiten desde las ondas catódicas; fobias por la alimentación cotidiana causadas por la obtención de imposibles parámetros físicos de imagen propia impostada, los cuales arrastran hacia irreales regímenes psicotrópicos y adictivos en manos poco metódicas; desde la soledad hacia la irremediable caída al vacío de la locura, ayudada por los terribles efectos alucinógenos de los narcóticos. Completan este devastador panorama, lacerante retrato auténtico de la sumisión vital hacia una dependencia que rebasa el dominio de lo físico y de la voluntad, apropiándose de la voluntad, el otro trío protagonista: su hijo Harry (imberbe, joven y prometedor Jared Leto), su novia Marion (poliédrica Jennifer Connelly) y su amigo Tyrone (Marlon Wayans, en su cumbre), todos ellos voluntarios yonquis, enganchados hasta la médula de todo tipo de sustancias estupefacientes, los cuales recorrerán la vía habitual en estos casos: de la circunstancialidad y el supuesto autocontrol a la dependencia extrema, de la generosidad y la cohesión a la amoralidad, el egoísmo, la fractura y el olvido.

 Degradación: Ese camino de degradación individual y hacia el exterior o el entorno se estructura y desarrolla mediante tres cortes o segmentos nombrados según las estaciones anuales de mayor claridad a inferior luminosidad: verano (autocontrol, falsa sensación de autoridad y control, euforia y éxito, estabilidad y proyectos), otoño (indicios de dependencia, establecimiento de débiles alianzas, quebranto de normas éticas, desconfianza en el prójimo) e invierno (auto subsistencia, abismo moral, completa dependencia y falta absoluta de control sobre la voluntad; aislamiento y soledad). La sensación de derrota, de panorama yermo y arrasado existencialmente, aunque esperada y prevista, no deja de ser descorazonadora; todos son unos perdedores, los sueños caen vencidos; la banca, en este caso el dominio de la química sobre la mente y voluntad, siempre gana.

 Soledad: La fuente primaria de esos actos y sus consecuencias, empero, cabe situarla en un mismo origen, el cual se evidencia recurrentemente a lo largo de la película, como esa constante de mostrar visualmente el deslizante y monótono bucle infinito de los gestos que implican la adicción. En este caso, los personajes aparecen en el pleno dominio de su voluntad cuando no están bajos los efectos de sus golosinas ni en el trance de la dependencia, felizmente acompañados, fluidamente dialogantes: por el contrario, cuando permanecen bajo el yugo del azúcar o las drogas, se nos muestran en plano de manera aislados, solos en su secuencia de lenta autodestrucción, balbuceantes, incoherentes, sudorosos, delirantes, ofuscados, rabiosos… en definitiva, fuera de sí mismos, completamente aislados. Por señalarlo con exactitud, todos ellos realizan un viaje en círculo desde la necesidad de sentirse acompañados, de adquirir una pequeña muestra de compasión o cariño del prójimo, hasta la conclusión del mismo, sustancialmente vacíos y devastados, irremisiblemente sin capacidad de redención hacia ellos mismos. Su problema radica en el mortífero compañero de viaje que han escogido, más allá de las sombras humanas que los acompañaban en las secuencias de sus vidas.

   Aislamiento: Por último tan solo queda eso, sin alternativa ninguna: una prisión perpetua de por vida donde deberán lidiar los pecados más ignominiosos, aquellos que se cometen contra uno mismo y que acaban irradiando hacia el entorno; locura indefinida sin previsión de mejora para Sara, cautividad física debido al daño auto infligido para Harry, ruptura moral para Marion hacia un punto indefinido de transgresión y dependencia, cárcel real y mental para Tyrone. Es evidente que, más allá de la primavera, el siguiente verano no será igual para ninguno de ellos: se han dirigido a un callejón sin salida que ha quebrado definitivamente sus proyectos existenciales y sus relaciones interpersonales. Todos ellos han quedado aislados en un universo oscuramente tenebroso, de difícil escapatoria.


         

 
El personaje
 
 Tal y como hemos señalado, todos ellos brillan particularmente en el desempeño de sus roles, se nos presentan sobrecogedoramente vívidos. Y eso es precisamente gracias a la labor de dirección ejercida por el ingenioso y hábil, aunque en este caso prácticamente novel, Darren Aronofsky, el cual adquiere una previsión esclarecedora antes de iniciar cada uno de sus proyectos, es consciente que éstos dependen del trabajo interpretativo en gran medida y aplica los recursos y herramientas necesarios para sacar con gran fuerza y determinación el tortuoso universo interior de cada uno de los actores. Como en todas sus posteriores películas, sin duda la singularidad distintiva y los éxitos que lo erigen como uno de los grandes nombres contemporáneos se cimientan, al margen de su innovador aspecto visual y el esencial uso del sonido, en este campo. Esto lo hace acreedor del reconocimiento cómo pieza fundamental en sus proyectos, más allá del relato que presenta.

 
La toma / la secuencia
 
 Multitud de medios y diversidad de procedimientos hacen inviable decantarse por una sola toma o secuencia. La constante de primerísimos planos y picados en travelling producen un efecto agradablemente seductor, paralelo a la sensación alucinógena de los protagonistas al colocarse con sus substancias, por lo que impacta y se enmarca como significativamente gráfica y esclarecedora la secuencia central en la que Harry visita a su madre y mantienen un absurdo diálogo, fragmentado y desigual, escena rodada mediante plano / contraplano medio, a un ritmo extrañamente sosegante. Sara, bajo descontrolados efectos anfetamínicos, se muestra nerviosa e  incapaz de controlar su cuerpo, pero deja entrever desde lo más profundo de su alma que su problema no radica en las adicciones, sino que más bien intenta suplir la tremenda soledad, su incapacidad para dar cariño y saberse útil mediante el abuso desmedido de las mismas; por el contrario Harry no reacciona en ese mismo instante ante las veladas señales de auxilio de su madre, sino que su única preocupación será evidenciar a su despistada madre su preocupación por ella, de una menara tan zafia como como con un presente material, el regalo de una nueva televisión. Esa escena es quizás la más desalentadora de todo el filme, ya que observamos la ineptitud de comunicación entre dos seres próximos y prevemos que eso acabará teniendo un triste fin.


La valoración
 
 
 Tras su debut en el largo con la más críptica y experimental, aunque sorprendente, Pi, fe en el caos (1988), esta película supondría la consagración definitiva de una nueva estrella, nacida desde la modestia independiente, para el nuevo panorama cinematográfico. La excelente adaptación del relato  Hubert Selby Jr. Se nutre de todo un arsenal de recursos a nivel visual que engrandecen el proyecto y lo sitúan en un noble nivel de clásico innovador: pantalla fragmentada (dos puntos de vista, detalle de un punto de vista), ópticas desfiguradoras, travellings imposibles, picados y contrapicados, constantes loops súper acelerados, cámara nerviosa al hombro… herramientas múltiples, adaptadas de otros campos, para acrecentar esa sensación de descontrol, de locura psicotrópica, para sumergir al espectador en esa espiral  de soledad auto destructiva de los protagonistas. Y a fe que lo consigue. Aparte de la excelente labor de casting antes mencionada, presentó en sociedad y popularizó el trabajo excelso de todo un clásico en el terreno de la composición, un Clint Mansell del que ya no se separó desde entonces. En fin, nos encontramos ante un imprescindible contemporáneo, una película que instauró una ruptura en el panorama cinematográfico y que, como tal, fue incomprendida e infravalorada.
 
 
Nuestra nota: 9,3
 


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