Ready Player One - Travelling circular

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Ready Player One

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Ready Player One (Steven Spielberg, USA, 2017)


 
 
Sinopsis (de qué va)

 
La película está ambientada en el año 2045, cuando el mundo está al borde del caos y del colapso. Sin embargo, la gente ha encontrado la salvación en OASIS, un enorme universo de realidad virtual creado por el brillante y excéntrico James Halliday (Mark Rylance). Cuando Halliday fallece, deja su inmensa fortuna a la primera persona que encuentre un huevo de Pascua digital que ha escondido en algún lugar de OASIS, desatando una competición que tiene enganchado al mundo entero. Cuando el joven e insólito héroe Wade Watts (Tye Sheridan) decide unirse a la competición, se ve inmerso en una vertiginosa caza del tesoro, controlada por el mundo real, en un universo fantástico de misterios, descubrimientos y peligros.


 
Sus hechizos

·  El abrumador diseño de producción, presente en su dedicada atención sobre los detalles que configuran ambos mundos.
·  Su aspecto visual y su adecuación sonora, de gran acabado técnico en los cgi’s y con una modulación precisa en sus diferentes niveles de sonido.
· La constante y apabullante entrega de referencias hacia iconos populares y/o característicos de la década de los ochenta.
· El cómico y brutal homenaje, como parte orbital del filme, hacia todo un clásico de género como The Shining.

   
Sus desaciertos

·  La escasa empatía que me ha generado una adaptación literaria demasiado simple, carente de desarrollo emocional, protagonizada por unos personajes demasiado fríos.
·  El ritmo desenfrenado de sus escenas de acción, especialmente las referentes al último tramo del filme, con fondos poco claros y primeros planos algo imprecisos en sus detalles.
·  Un final plano, dulce en exceso, al uso y gusto de la producción y siguiendo el tono tierno e inconsistente del relato, correcto y coherente pero insatisfactorio.

 
 
Primeras impresiones
 
Tenía expectativas notables y esperanzas varias depositadas en la vuelta a la ficción más fantástica del director de A.I. (2001), Minority Report (2002) o la infravalorada War of the Worlds (2005), por tan sólo citar los ejemplos más recientes dentro de la vasta e imponente filmografía del director norteamericano; los sucesivos trailers que se habían ido adelantando en eventos de primera categoría, el elogiado y popular material narrativo original, el control, el poder y la contrastada pericia que asume en la creación de mundos ficticios, todo suponía buenos indicios para esperar un divertimento de primera aderezado con una trepidante historia juvenil con subtextos reflexivos. Vista ya el día de su estreno, he de señalar que esas perspectivas se han visto satisfechas a medias, dejándome a su veloz paso un poderoso reflujo a exceso por defecto.

Vamos por partes. Ciertamente, el conjunto del proyecto brilla poderosamente, aunque utilizando un símil podríamos sugerir que de igual modo que una estrella fugaz: produce un cosquilleo súbito, efervescente, pero pasa tan rápida que no podemos deleitarnos con sus detalles y, lo que es peor, a los pocos días ya nos hemos olvidado de esa experiencia. Entretenida a rabiar, basa sus triunfos en un diseño de producción con notables contrastes fotográficos entre el brillante y colorido mundo artificial de OASIS, donde todo sucede a un ritmo vertiginoso, y el tristemente gris y decadente, sobreexplotado y sin  ninguna alegría mundo real, en el cual los ciudadanos se mueven al compás que marcan sus envolventes gafas de realidad virtual; esta disparidad produce un atractivo efecto de cercanía y deseo en el espectador.

A esa misma producción de decorados y entornos irreales se adecua de manera perfectamente sincronizada un soberbio uso del sonido al que se le ha prestado especial atención, con un sinfín de muestras o indicativos que remiten al interminable universo de sintonías y efectos propios de los videojuegos, con un uso de graves contundentes y agudos perfilados en las escenas de acción. No obstante, en ese juego de claros y oscuros también aprecio una precipitación intencionada del sonido y, principalmente, de la imagen en movimiento en las secuencias de la batalla del Planet Doom, llevando a un extremo de cierto caos y confusión lo que con un poco más de pausa y atención en planos medios o primeros se hubiera agradecido y valorado de manera mucho más positiva.

Como contrapartida, la secuencia por la obtención de la segunda de las llaves se desarrolla en un ámbito que es un regalo para cualquier amante del cine. Dentro del mismo escenario del Hotel Overlook donde “coincidieron” Spielberg y Kubrick, y transcurría la espantosa y terrorífica acción del clásico de Stephen King, el primero realiza un homenaje sin rubor hacia los elementos más significativos de ese filme, barnizándolo con una densa capa de humor y amor antes del esperado desenlace de acción de esa set piece. Resulta significativo que se evidencie en esta secuencia, y a lo largo de todo el filme, como personaje que produce más entrañable empatía el de Aech, ese gigantón virtual forzudo y atrevido pero arrastra inherentemente el miedo humano a su avatar virtual, acercándolo bajo esa dimensión a un espectador algo saturado de aka’s de videojuegos.

Ese es otro de los inconvenientes del proyecto, la escasa cercanía y hondura que producen unos personajes gélidos, animados en sus acciones pero sin apenas sustancia anímica real y presente, desprovistos de ángulos biográficos que los perfilen con suficiente profundidad como para yuxtaponerlos a nosotros, para provocar un interés real. Realmente, cabe decir que sobre este aspecto pesa más el insuficiente relieve que les otorga un guion encorsetado por su abuso desmesurado de esquematización que el trabajo de dirección o la incapacidad interpretativa, ya que la adaptación se centra más en el desarrollo de una acción que cumple con todos los pasos de sus arco narrativo que no en mostrar los motivos de las decisiones que toman sus personajes.

Pero si existe un aspecto que le otorga una calificación notable, que eleva el resultado del entretenimiento (ya que de eso, en definitiva, se trata) hasta cotas más que aceptables, es el concerniente al contexto referencial en el que se fija su desarrollo. Al margen de ofrecer elementos claves para el devenir de la trama, en formas icónicas de décadas pretéritas, para un amplio target de público, existen también abundantes guiños dispersos en multitud de planos que remiten directamente hacia esa época, ya sea en forma de imagen, audio o dialogo, ofreciendo un completo pack de viaje melancólico hacia esas etapas pasadas, con el objetivo final de proporcionar un delicioso y entrañable envoltorio para aquellos espectadores que se identifican más con los símbolos obsequiados.


Nuestra valoración · 7,2

En definitiva, mediante una sencilla historia con un desarrollo inesperadamente convencional aunque magníficamente envuelta Steven Spielberg logra convencer sobradamente a los nostálgicos de los ochenta, sobre todo a aquellos aficionados a los rupestres consolas domésticas o recreativas, los cuales tienen en esta película un entorno que les resultará mucho más amigable, reconfortante y placentero que aquellos otros espectadores con raíces nostálgicas en otras generaciones o ajenos completamente al mundo del video entretenimiento. Entretenido y disfrutable en el acto, sin ser ni mucho menos una mala apuesta seguimos adorando de manera más creyente a aquel director que nos ofrece comedias, dramas, biopics o ficciones de época de gran calado narrativo aunque sin olvidar nunca el fastuoso contexto de su diseño de producción. Más cercana al tono aventurero y amistoso de E.T. (1982), Hook (1991) o The BFG (2016), Ready Player One es una gran obra palomitera, un entretenido homenaje que sabe ganarse su cuota de oportunidad en éste momento de gran revisión artística de los ochenta, pero que creo no conseguirá figurar en el podio de sus grandes recreaciones.




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