Marriage Story - Travelling circular

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Marriage Story

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Marriage Story (Noah Baumbach, Reino Unido / USA, 2019)


 
 
Sinopsis (de qué va)

El matrimonio entre Charlie (Adam Driver) y Nicole (Scarlett Johansson), residentes circunstanciales en Nueva York con un pequeño niño desconcertado y un trabajo artístico prestigioso, en el cual se producen frecuentes y sutiles tensiones de poder, entra en crisis de manera definitiva con el traslado de Nicole y el pequeño Henry a Los Ángeles por motivos profesionales. Tras decidirse a cambiar no sólo su status laboral sino también su insatisfacción vital, Nicole visitará a una abogada especialista en procesos de separación, un hecho que cambiará sustancialmente sus pensamientos alrededor de su vida. Comienza un proceso de separación desgarrador para la pareja, lo cual despertará lo más profundo e inherente de su ser de manera salvaje.


 
Sus hechizos

· El relato, una universal y tangible muestra de las relaciones humanas, de nuestra necesidad de compañía, apoyo y entendimiento, así como de los recursos y estrategias de autoprotección que adoptamos como instinto de supervivencia.
· El montaje fluido, el encuentro de escenarios adecuados para la narración, la sencillez de las formas que adopta la cámara y su encuadre, en definitiva un trabajo de dirección que huye de protagonismos propios y deja una significativa marca autoral.
· Las soberbias interpretaciones de los dos protagonistas, la profunda inmersión anímica que realizan para regalar a sus personajes una verdad sustancial pura, un desgarro emocional real.
· Dos secuencias que se sitúan en el podio de las mejores del género que exhibe y encumbran a sus actores como excelentes intérpretes, si no lo eran ya antes de ellas.
· El subtexto de los factores que inciden y afectan un proceso como el que se narra: la perspectiva variable de la justicia y la mezquindad del prestigio profesional en contraposición a la lógica de los sentimientos.
· El rescate del esplendor de las amigables composiciones que solía hacer Randy Newman, sutiles y evocadores trazos melódicos que remiten a estados contrarios a los que viven los protagonistas.

   
Sus desaciertos

· Su duración, algo excesiva pero compresiblemente aceptable por el devenir de los sucesos que se narran.

 
 
Primeras impresiones

 
Marriage Story se ha convertido, súbitamente y con todo merecimiento, en una de las grandes sensaciones de la segunda mitad de este año desde el inicio de su peregrinaje por los grandes eventos de exhibición, hacia finales de agosto en el renacido festival de Venecia. Empezar con esta afirmación la valoración de este filme ya dice mucho de sí, habida cuenta de que nos encontramos ante una producción Netflix, la plataforma de exhibición vía streaming tan y tan denostada por los comités de selección de algunos de esos mismos eventos, anclados todavía en formas pretéritas de exhibición, algunos de ellos en zona de confort a cobijo de grandes o medianas distribuidoras que creen peligrar su negocio con la pujanza de estos nuevos actores en el circuito. Pero una vez más advierto este debate como algo estéril, carente de sentido profundo, debido a que la producción y distribución de productos artísticos de alta calidad no se ven afectadas directamente por estos nuevos modelos de proyección, sino más bien al contrario. Cantidad no es sinónimo de calidad, pero en muchos casos esta afirmación queda desmentida, como queda manifestado en este proyecto u otros de carácter excelso, como The Irishman (Martin Scorsese, USA, 2019), por no alejarme demasiado.

Dicho esto, es evidente que los medios con los que cuenta el filme no son pocos, aunque aquí la apuesta fundamental se basa en dos premisas: un texto literario sublime desde sus sencillos, cotidianos y reales elementos, y unas interpretaciones complejas, profundas y desbordantes de pasión por parte de dos actores poliédricos que reafirman, con este proyecto, su absoluta maestría en la inmersión emotiva y pasional de los instintos más esenciales del espectro humano. Asistimos a través de ellos a un relato que ahonda, como pocos se han plasmado en el celuloide o digital, el intrincado drama vital de una pareja que ha perdido el amor, una pareja que ha compartido años de alegres satisfacciones declaradas y frustaciones individuales agazapadas y que, de pronto, observa con peligroso vértigo el vacío vital que queda tras todo ese esfuerzo, la insignificancia de la individualidad cuando lo que se ha puesto en juego ha sido el todo. Como en todos los procesos de separación, en este caso también hay una parte que se siente traicionado y dolido, vacío y desvalido, y otra que asiste atónito a la reacción de su pareja, sin llegar a entender que nunca existe un único e inesperado origen para esa súbita ruptura, que los motivos invariablemente son como pequeñas semillas que se plantan de manera conjunta durante años y a las cuales no se les presta la debida atención.

En este caso, ella encarna la primera postura y él la segunda, tras un preciso y delicado prólogo en el cual, aparentemente en el momento álgido de la relación, cada uno confiesa tan sólo las virtudes de su compañero de viaje vital, obviando los defectos, como es normal en estos casos. Tras este idílico panorama entramos en la narración de la realidad más cruda, con la decisión de separarse por parte de ella, primero dubitativa, con la valoración de los daños colaterales que puede causar y la sensación de pequeñez sin el amparo de su pareja, llena de certeros nervios e inseguridades, más delante de forma fría, calculadora y despiadada, en una evolución anímica que la rehace como persona singular, con un significativo punto de ruptura situado en una espléndida secuencia (que desde ya forma parte de la más soberbia definición artística de Scarlett Johansson), la cual nos muestra un desahogo sentimental profundo de Nicole ante la pragmática y despiadada (profesionalmente) Nora Fanshaw (one more time, magnífica Laura Dern).

El soberbio desarrollo del personaje femenino tiene su réplica en la figura de Charlie, interpretado por un actor que sabe transmitir, como pocos de manera ejemplar, hacia su exterior con elementos mínimos, un cada vez más justamente reconocido Adam Driver. Charlie encarna la figura del reconocimiento y el éxito, del que sutilmente cabalga sobre el caballo en la relación, rebajando las ilusiones y los aspectos definitorios de una pareja que empequeñece hasta límites insospechados a su lado. Perplejo aunque seguro de sí mismo y su pareja, asistirá atónito al devenir de los hechos contrarios a todo lo que él pensaba que sería plácido y conciliador, observando cómo se trastabilla su plácido mundo cuando su propia falsa bondad queda literalmente aplastada por la contundencia de las reclamaciones de su ex pareja. Al fin, conocedor de que sus cartas son irremisiblemente perdedoras, virará hacia la locura salvaje, primero bajo la protección del implacable halcón Jay Marotta (Ray Liotta) y más tarde, en su apartamento alquilado de Los Ángeles, en otra de las escenas más memorables del año, vomitando nerviosamente sin sentidos hirientes y ofensivos contra Nicole, en una situación que acaba con una sutil súplica y demanda del perdón, desde su corazón, a los pies de su ex pareja. Tras ese punto de ruptura, el gesto de seguridad se vuelve dubitativo y triste, aunque al final del filme se observa conformista, al saber que ha perdido pocas naves en la batalla, que todo podía haber sido peor.

Por tanto, observamos en el desarrollo de la trama dos trayectorias vitales opuestas, desde abajo hacia arriba ella y desde arriba hacia abajo él, aunque al final ambos llegan a un estado de placidez ataráxica con la conformidad de que las decisiones son las convenientes y que, sobre todo, ellos mismos han sido jueces de sus destinos y su hijo en común.

El nivel de los diálogos, en el discurrir de la historia, es insultantemente desnudo, carente de artificios y ropajes, lacerantemente honesto y sincero. Las palabras que salen de los labios de ambos son sentimiento puro, escasamente racional, en contraste con los elementos colaterales del filme, el que atañe al ámbito jurídico y profesional donde también se exponen verdades como templos (atención al penúltimo speach de Laura Dern, sobre las desigualdades entre géneros) por muy injustas o inmorales que nos parezcan. En último término, la secuencia de la evaluadora en casa de Charlie es altamente perturbadora, nos somete a una situación de injusto y progresivo estrés de la misma manera que a Charlie, y esto, más allá de mostrar una notable habilidad por parte del realizador para removernos interiormente, también desprende distintos y concluyentes comentarios: lo aséptico y frío, injusto e inhumano de la valoración externa en el seno de los aspectos que atañen a la parte anímica más inherente al ser humano, a la vez que el carácter manifiestamente arbitrario de una justicia hecha por los individuos pero no para ellos.

Como es usual en su cine, Noah Baumbach no juzga, tan solo expone desde distintos ángulos, mostrando una realidad relativa a la que no cabe juzgar desde términos absolutos, sino valorar desde distintos prismas empáticos. Esta es la riqueza de su cine, con cuya Marriage Story alcanza cotas difíciles de superar. Estaremos muy atentos, no obstante.


 
Valoración · 8,3


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