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    9 pelÍculas para 1 destino:  OSCARS 2017







Lion

(Garth Davis, Australia / USA / Reino Unido, 2016)




En pocas palabras

Saroo (Sunny Pawar / Dev Pattel) es un feliz niño de cinco años que subsiste en un remoto y pequeño pueblo de la India acompañado siempre por su hermano mayor Guddu, dedicándose a pequeños hurtos en los trenes de mercancía que luego truecan por algo de leche para alimentarse junto a su madre y hermana pequeña. Pero un día queda atrapado en uno de esos trenes de manera irremediable, apareciendo sólo y desamparado en Calcuta, deambulando y malviviendo por sus calles a más de 1.600 kilómetros de distancia de su hogar, sin apenas poder comunicarse con nadie debido a un idioma que le es incomprensible. Un golpe de casualidad acabará con él en un orfanato, con la inmensa fortuna de ser adoptado al poco tiempo por una pareja australiana. Pasados veinticinco años, recurriendo a fragmentos de recuerdos que aún persisten y le acosan, con la ayuda de Google Earth y el aliento incondicional de su novia Lucy (Rooney Mara) y el inmenso amor de su madre adoptiva Sue (Nicole Kidman), buscará apaciguar la obsesión anímica por una infancia usurpada, emprendiendo la aventura de su vida en la ardua búsqueda de su familia biológica.

Nos ha gustado

La sensibilidad del proyecto, una película con escasos diálogos y abundantes silencios, donde predominan las miradas de las que emanan los mensajes sustanciales del alma, como el amor incondicional, la añoranza permanente, el recuerdo punzante, la ira arrebatada o el daño auto infringido por la ausencia del calor más primario, la comprensión y la compasión, la obsesión y la persistencia… elementos sustanciales de la naturaleza animal más primitiva e intrínseca que no necesitan de la herramienta fundamental del ser humano para su transmisión, el lenguaje humano. En este sentido, cabe destacar la hermosa fotografía que ayuda y propulsa con una asombrosa fluidez pausada la correspondencia entre estos paisajes del alma y las magníficas panorámicas de los exóticos emplazamientos de la India, realzando la enorme belleza y dignidad de la humildad más extrema, de la pobreza y sus cotidianos gestos, obviados a menudo por los más pudientes.

El poder sugestivo de la elipsis y la insinuación, convirtiendo lo implícito en algo mucho más significativo que la escenificación literal de las situaciones. No hace falta mostrar ni explicitar el destino del joven Saroo a manos del proxeneta, ni relatar o describir las penurias y humillaciones que ha tenido que soportar el hermano del protagonista, Mantosh, para comprender las posibilidades y orígenes de los factores del relato. Estos logros no son fruto del azar, sino resultado de una esmerada labor de escritura que adivina y persigue hacia donde debe ir la historia y que elementos deben quedar al margen con el fin de obtener y desarrollar el eje biográfico del relato.

La delicada emotividad, el extraordinario trabajo desde el corazón hacia el exterior en las sentidas y afectivas interpretaciones ofrecido por Dev Pattel, quien continua evolucionando positivamente este aspecto de su método desde su aclamada participación en la multipremiada Slumdog Millionaire (Danny Boyle / Loveleen Tandan, Reino Unido / Francia / USA, 2008) y, fundamentalmente, regalado por la gran y experimentada Nicole Kidman, la cual despliega todo un tutorial magistral sobre el modo adecuado para sumergirse en una biografía ajena, buscar lo esencial en sus raíces y revertirlo en la ficción con una potencia comunicativa descomunal, impactantemente sentida, confiriendo una dimensión a la historia de Saroo que engrandece y dimensiona las circunstancias que lo envuelven.  

Las fantásticas secuencias finales, sin necesidad de apoyarse en diálogo alguno, arropado por una melodía creemos no demasiado sospechosa de corromper la enorme sensibilidad con la que el protagonista realiza su viaje, a través de los jirones de sus recuerdos y con sus propios sentidos ejerciendo de brújula, con el objetivo ansiado de dirigirse y encontrar casi a ciegas su hogar de procedencia; el reencuentro como suceso largamente esperado, del que participa como no podía ser de otro modo la comunidad, sin excederse en la sensiblería vana ni el abuso de la lágrima demasiado fácil; y sobre todo, el maravilloso epílogo que otorga un sentido pleno al filme, demostrando que el famoso “basado en hecho reales” más que una lacra puede erigirse como motivo, como cuna para arropar una ficción con sólidos fundamentos verídicos.



         


No nos ha acaba de convencer

Prácticamente nada justifica esa aseveración. Si acaso, quizás cierta o relativa ralentización del relato en su trama central, aquella que transcurre en un tiempo actual con Saroo ya de adulto hasta el instante de la liberación, del alumbramiento de la verdad entre madre adoptiva e hijo, secuencia con una fuerza descomunal por otra parte. Pero decir que la narración cae en un tempo tedioso o inapetente sería exagerar demasiado, ya que todo el proceso que define la evolución de la consciencia hasta la necesidad, la obsesión, de cerrar una herida vital demasiado abierta se construye mediante situaciones y relaciones que no son gratuitas. Por tanto, poca cosa o nada sobra en esta emotiva película que crece desde la sencillez de una pequeña historia mínima que, como bien nos dicen en su cierre, es tristemente demasiado común hoy en día.

 
 Nuestro veredicto: 8,7


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