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It Follows

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It Follows (David Robert Mitchell, USA, 2014)




La adolescencia suele ser en casi todos los casos una etapa desconcertante; deseos e incertidumbres se mezclan en un peligroso cóctel con la revolución de las hormonas, lo cual provoca en ocasiones decisiones equivocadas. Eso mismo le ocurrirá a Jay tras su primera experiencia sexual, un suceso que transformará su vida y la de su entorno por completo, arrastrándola a una espiral de terror permanente mediante el acoso de un ente despiadado…

 Suele suceder pocas veces que con tan pocos medios se acaben logrando tan buenos resultados, del modo que le ha ocurrido al director americano David Robert Mitchell con su segundo proyecto tras la desapercibida The Myth of the American Sleepover (2010), pero no es menos cierta la constatación de que, a poco que se observen con detenimiento los mecanismos que articulan su segundo film, nada esta dejado al azar venturoso. It Follows, en realidad, no deja de ser una idea demasiado simplista, un concepto ya visto y disfrutado en ocasiones pretéritas, algo que en otras manos no pasaría de ser un buen cortometraje o un horroroso y estirado largo, pero que debido a la intuición de su creador mantiene vivo el interés sobre su trama a lo largo de sus noventa y tres minutos de duración.
 La premisa de la que arranca, decíamos, nos es especialmente novedosa. Seguimos a un grupo de adolescentes integrantes de una sociedad hastiada dentro de un entorno urbano decadente (excelentes tomas de los suburbios industriales de un Detroit inerte,  huérfano de calor humano), los cuales experimentan, tal y como corresponde a su edad, con la realidad que les rodea, hasta que algo se tuerce y deben afrontar las consecuencias de sus actos, en un proceso que se asimila como el tránsito de la pubertad a la madurez. Mas esta planteamiento no es suficiente, evidentemente; esta sinopsis puede provocar desidia y poco interés, pero si a ella le añadimos que el elemento que provoca la catarsis es algo desconocido, acechante, indeterminado y terrorífico, entonces el argumento empieza a adquirir algo de consistencia. No es bastante, pero ya tenemos un buen punto de partida. Ahora se trata de plasmarlo con estilo y elegancia, de tener ingenio en la elaboración y, sobretodo, de adoptar recursos previos que ya se han proclamado en el pasado como exitosos.
 Y esto ocurre justo en el arranque del film, toda una declaración de intenciones a la vez que una muestra de personalidad absoluta. Cámara fija montada sobre un riel circular, rodando en formato panorámico con máxima amplitud y profundidad de campo; el lugar es un barrio residencial de clase media, con sus lindas casitas adosadas con jardín; es temprano, al alba del día, y del interior de uno de esos hogares aparece huyendo despavorida una joven muchacha; corre sin rumbo, va y viene sin sentido, nadie la persigue y de fondo se oye la voz del progenitor atónito ante la escena; la joven se sitúa frente a la cámara, en el centro de la calle, y la cámara se desplaza en un plano medio alrededor de ella en un lento movimiento de travelling, con el fin de mostrar la inexistencia de peligro alguno; no obstante, algo que no vemos aterroriza agudamente a la chica. Sin moverse del punto de rodaje, la cámara sigue las espaldas de la chica, la cual vuelve a entrar en su casa para salir al instante a toda velocidad en un vehículo calle abajo. Desasosiego e incomodidad sin efectismos banales ni trucos de feria; intranquilidad que más tarde mutará a horror ante el final de la chica, sola y aterrorizada, en una playa solitaria.




 Transición natural y picado aéreo sobre la protagonista para entrar en materia. Jay (Maika Monroe, otra buena nueva aspirante a reina del género) encarna con una facilidad pasmosa todas aquellas dudas, indecisiones y deseos propios de la pubertad en las primeras secuencias, cuya atmósfera remite a climas cinematográficos antecedentes (se me viene a la cabeza la infravalorada y defenestrada The Lovely Bones (2009), y no sé porque… aunque cualquiera de las heroínas de los films de Sofía Coppola se ajustarían a este patrón), las cuales han intentado capturar el aura de ensoñación, de levedad y fragilidad permanente tan característicos de esta etapa. Su mirada transmite pureza y sensibilidad, y su actuación muta de ese estado al horror y la desesperación más absolutos con pasmosa facilidad.  
 Ese ambiente de calma chicha tras el espeluznante prólogo va acompañado, a la vez, por las etéreas y hermosas atmósferas sonoras confeccionadas por Disasterpeace, a la altura de las excelente BSO de Cliff Martínez con Drive (2011), otra film icónico de esta década que nos devuelve a los ochenta del siglo pasado. Sintetizadores que nos trasladan en ocasiones de nuevo a la Tyrell Corporation de Blade Runner (1982), que fusionan los aspectos más líricos y anticipan la angustia más tenebrosa. Todo es luminoso y bello hasta que cae la noche; concisión y precisión en la transmisión del mensaje, del viraje de la historia: la mano de Jay mueve distraídamente, desde la puerta del vehículo donde descansa tras hacer el amor, unas florecillas; instantes después, esa misma mano cae inerte sobre ellas tras la agresión de su chico. Final brusco e inesperado de la inocencia, del tono de la película hasta el momento; entrada a un nuevo estado de permanente turbación, antesala del horror abstracto más impactante de las ultima décadas.
 Una entidad que adopta formas humanas variadas acecha desde ese instante, lenta pero inexorablemente, a la joven protagonista. Desconocemos con exactitud su propósito, pero es evidente que su objetivo es terroríficamente dañino, en tanto que sus rostros inanimados son la pura imagen del mal. De golpe y porrazo, la bisoñez y la volatilidad de la juventud se esfuman; hay que afrontar adultamente el peligro, y llega la hora de tomar decisiones. Algunas de ellas erróneas, como se demostrará más avanzado el film; pero eso es justamente lo que supone ser adulto.




 En este apartado sorprende que el eje que articula la gran metáfora del viaje de una etapa vital a otra gire alrededor del sexo, supone una grata impresión por la valentía de la elección y lo admirable de la exposición. El sexo es uno de los impulsores mentales más poderosos del ser humano, lo cual justifica plenamente que su descubrimiento y liberación se contemple como fuente preciada por un súcubo; jóvenes vitalmente a tope como cebo perfecto. En cuanto a la exposición, nos encontramos ante una película que aporta formidables soluciones en este aspecto: el sexo húmedo, chorreante del ente que se presenta en el salón de Jay; la resolución final  de la estupenda secuencia de la piscina mediante una marea creciente de rojo menstrual… Abundantes sugerencias, profundas metáforas, así es como avanza It Follows.
 Porque si algo ha entendido y descodificado en imágenes David Robert Mitchell es que no es indispensable ser explícito ni ofrecer respuestas concretas a los enigmas que acechan al ser humano, sino que la sugerencia y la ambigüedad también son recursos legítimos y eficientes en la construcción narrativa, siempre y cuando se acompañen de un trasfondo argumental con suficiente peso trascendente. La banalidad, lo artificioso y lo material sí lo pueden precisar; las cuestiones que atañen al ámbito del alma y los sentimientos no necesariamente. En este aspecto tan sólo existe un instante erróneo, un desliz agridulce, en todo el film: el momento en el cual el ente consigue entrar en el dormitorio de uno de los portadores de “eso” y la protagonista observa aterrorizada desde la puerta el efecto o daño de lo desconocido. Aguantar el plano en el rostro de Jay hubiera sido más que suficiente; por el contrario se opta por dar una respuesta a ese enigma, un respuesta que no amplifica la comprensión ni añade significado alguno a aquello que el espectador ya presuponía: que el súcubo se alimenta de la energía vital recién liberada tras el despertar sexual, la absorbe dejando jóvenes carcasas humanas sin vida, al estilo del más experimentado Tobe Hooper en Lifeforce (1985). El cierre final, la última secuencia, glorifica dicha intención presente a lo largo del film: los protagonistas pasean calle abajo cogidos de la mano: los sentimientos puros se establecen… pero gracias a la profundidad de campo se observa difuminada una figura (¿humana?) que divaga con lentitud… La vida, en definitiva, no es un cuento de hadas.
Dirigida por David Robert Mitchell
Guión original de David Robert Mitchell // Producida por Northern Lights Films, Animal Kingdom, Two Flints // Música: Disasterpiece // Montaje: Julio Perez IV // Vestuario: Kimberly Leitz // Diseño de producción: Michael Perry // Dirección artística: Joey Ostrander // 100 minutos.
Reparto: Maika Monroe, Keir Gilchrist, Daniel Zovatto, Jake Weary, Olivia Luccardi, Lili Sepe, Linda Boston, Caitlin Burt, Heather Fairbanks, Aldante Foster, Ruby Harris, Christopher Hohman, Bailey Spry, Rich Vreeland.
Localizaciones de rodaje: Redford Theatre, Detroit, Michigan, USA; High Lift Building, Water Works Park, Detroit, Michigan, USA (pool building exterior); Clawson High School, Clawson, Michigan, USA (pool scene); Sterling Heights, Michigan, USA; Northville Psychiatric Hospital, Northville, Michigan, USA; Clark's Ice Cream and Yogurt, Berkley, Michigan, USA; University of Detroit, Michigan, USA; Packard Plant, Detroit, Michigan, USA; Trafalgar Way Sterling Heights, Michigan, USA (Jay Height's house);Jaycee Park, Troy, Michigan, USA (Hugh's Backyard).
World Premiere: 17/05/2014 (Cannes Film Festival, Cannes, France)
Box Office (5/2016): Producción: S/E // Recaudación mundial: $14,7 millones.
Valoraciones artísticas: Imdb (6,9/10), Filmaffinity (6,3/10), Rotten Tomatoes (97%)



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