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Haz lo que debas (Spike Lee)

Impresiones / Reseñas > Malditos Olvidados





 
 
Haz lo que debas

 
(Do the Right Thing, Spike Lee, USA, 1989)


 
 
Acalorada ira



 
 
Sinopsis
 
 Nos encontramos en la bulliciosa década de los ochenta. 'Sal' Fragione (Danny Aiello) regenta una modesta pero exitosa pizzería desde hace veinticinco años en Bedford-Stuyvesant, un distrito periférico del barrio neoyorkino de Brooklyn, donde el mestizaje social y cultural se ha hecho mayoritario y evidente con el paso de los años, con una fuerte presencia de la comunidad afroamericana.  Junto a sus hijos, el impulsivo y algo exaltado Pino (John Turturro) y el algo simple Vito (Richard Edson), y con la ayuda en el reparto del descarado Mookie (Spike Lee) sirven comida a un público de lo más variopinto, mayoritariamente de color. En un insoportable por caluroso día de verano, la chispa del odio racial se prenderá en su propio local, al recibir la airada queja de un cliente apodado Buggin' Out (Giancarlo Esposito) acerca de la decoración fotográfica de su “Salón de la Fama”, plagada de imágenes de famosos pero ninguno de ellos de color. Tras una encendida discusión Sal lo acaba echando de su pizzería, y Buggin' Out irá buscando apoyos por todo el barrio para boicotear su negocio. Al final del largo y sofocante día, Buggin' Out se presentará en la pizzería de Sal junto a Radio Raheem (Bill Nunn) para protestar enérgicamente de nuevo, momento en el cual la frustración, el cansancio y la ira desembocarán en un violento altercado con consecuencias inesperadamente terribles.
 

 
 
Conceptos
 
 Singularidad. El desarrollo de la trama tuvo en su fecha de estreno una dinámica innovadora, gracias al uso de técnicas importadas de otros campos audiovisuales y enlazadas de un modo plástico muy inteligente, lo cual unido a la temática del relato, lamentablemente aún y siempre de actualidad, pero en aquellos momentos muy presente debido a tristes episodios antecedentes reales similares a los que se exponen en este filme, acabaron por catapultar la popularidad del proyecto, situando el nombre de su original creador, Spike Lee, en unas adecuadas coordenadas cinematográficas acorde a su ingenio, tal y como ha quedado demostrado a lo largo de sus posteriores proyectos. Cine intenso, con insertos líricos, siempre con un marcado componente reivindicativo, que busca la expresión popular de los más oprimidos mediante el altavoz de la gran pantalla.
 El arranque del filme no tiene desperdicio, al promover el montaje propio del lenguaje televisivo con la presentación de los créditos, a través de un videoclip al más puro estilo ochentero. El tema musical surge de una emisora local, donde un disc-jockey afroamericano compagina los vinilos que va pinchando con insertos acerca de la actualidad local, ya que Love Daddy (Samuel L. Jackson) siente el latido del barrio desde la cristalera de su primer piso, “and that’s the truth”, al modo de un narrador omnisciente que aparecerá en dos situaciones más.
 El conjunto de personajes que habitan ese barrio quedan definidos por sus acciones cotidianas y la interrelación tejida entre todos ellos, y más allá de eso por su manera de contemplar la vida y los hechos coyunturales que les rodean, por su modo sesgado de entender de qué manera debería ordenarse el entorno según sus conceptos individuales que, como mucho, abarcan a su propia comunidad y excluye a las colindantes. La síntesis de este diverso microcosmos lo resuelve en el ecuador del filme Spike Lee mediante un procedimiento ejemplar acorde al ritmo de montaje que sigue, al exponer a primeros planos a los sujetos más categóricos de cada grupo, los cuales mirando a cámara profieren todo tipo de adjetivos calificativos, según su propio dialecto, a los demás colectivos con los que tienen que cohabitar en ese mismo espacio. En unos pocos planos, observamos el caldo de cultivo reposado bajo capas de ciudadanía, un veneno inerte que espera el impulso de un líder para extenderse ponzoñoso a lo largo de toda la comunidad, un héroe anónimo alimentado por los mensajes de un grupo musical combativo o las proclamas de un mesías con suficiente amargura individual para descargar toda su frustración de manera desproporcionadamente violenta.

 Costumbrismo. Así pues, Spike Lee utiliza en éste su segundo proyecto en largo un ritmo de montaje vigoroso mediante constantes contra-planos, con cortas pero rápidas escenas según el relato coral que relata, con el fin de mostrar de manera instantánea y visual, quizás en exceso conceptual, la diversidad étnica presente en cualquier barrio de extrarradios de las grandes metrópolis mundiales, en las que los ciudadanos tienden a reagruparse según guetos culturales acentuando de este modo las diferencias con los grupos colindantes; así, oímos y observamos la jerga y comportamientos de la comunidad negra, la latina, la italoamericana e incluso la oriental, pudiendo corroborar que en lo esencial, aquello que nos define como seres humanos o ciudadanos, las diferencias no son tan importantes o notables.
 En definitiva, al margen del conflicto que define el espíritu del filme, también queda representado un ejemplar cuadro costumbrista que esboza un pedazo de vida de un tiempo y un lugar concretos, donde un puñado de humildes ciudadanos se esfuerzan por conseguir sus sueños de bajo calibre, sus aspiraciones diarias, las cuales no alcanzan más que para obtener un poco de felicidad auténtica, aquella que se vive de manera breve pero intensa, y que contrasta poderosamente con la enorme dificultad que comporta la convivencia en sociedad, la aceptación del otro como algo sobre lo que aprender y compartir; en definitiva, un discurso que en estos momentos podemos sentir más cercano que nunca, a pesar de la gravedad del individualismo exacerbado del que hace gala la sociedad contemporánea del consumo global a través de una pantalla.

   Ira. Cuando no se acepta la alteridad, la diferencia con nuestros semejantes, como algo enriquecedor y vertebrador, cuando no se realiza el esfuerzo de la empatía, cuando prevalece el absurdo orgullo herido sobre la compresión y el perdón así como el egoísmo latente como valores supremos del individuo, cuando la cólera anula la sensatez, ocurre algo semejante a lo que vemos en el desenlace de esta obra. La turba enloquecida, la desesperación y la desmedida provocan los graves disturbios que ocurren frente a la pizzería de Sal, pudiendo señalar como mal menor una sola víctima; en este caso, podía haber sido el propio Sal a manos de Radio Raheem, alguien del entorno de la tienda de comestibles coreana de Sonny (Steve Park) e incluso algún policía o bombero que acude al lugar de los hechos; el vandalismo y el pillaje van asociados siempre como efecto colateral en los disturbios comunitarios, y las excusos o argumentos que se ponen de manifiesto suelen asociarse al trato discriminatorio o arbitrario, al ultraje de los derechos de una etnia en particular, aunque la cuestión de fondo siempre sea la misma, el analfabetismo y la miseria, así como la dejadez administrativa o gubernamental para poner a disposición  de la comunidad mediadores sociales que construyan puentes de diálogo sobre las diferencias de las distintas comunidades  en un único espacio.


         

 
El personaje
 
 Haz lo que debas, además, personifica la posibilidad, mínima pero plausible, de evitar estos graves conflictos en la figura del Mayor (magnífico Ossie Davis) o autoproclamado y aceptado con burla Alcalde del barrio, un ser marginal con un pasado demasiado doloroso como para explicitarlo anímicamente a través de la amargura; la evasión del lacerante recuerdo, de las heridas que no cicatrizan el corazón, únicamente es posible, en este caso, mediante la empatía, el cariño sin prejuicios ni valoraciones y algo de alcohol, por supuesto.
 El Alcalde aparece como un individuo que desde la humildad del gesto vela por la correcta articulación, por la harmonía de todos los componentes del pequeño universo de su barrio tan sólo acompañado por la guía de su sentido común, a pesar de que pueda presentar brotes casi humorísticos de incomprensión racial cuando en la tienda de comestibles no tienen su cerveza habitual. Él es que salva a un pequeño de ser arrollado por un vehículo, el mismo que sugiere a su madre que no le reprenda con excesiva dureza ya que bastante ha tenido con el susto, el mismo que tiene que aguantar el desdén público de esta misma madre por decirle como debe educar a su hijo; él es que se enerva hasta el límite cuando observa el despropósito violento que ocurre en la fatídica noche, el único que suplica a Radio Raheem que suelte el cuello estrangulado de Salt mientras sus vecinos lo alientan para que lo termine, el único que ofrece consuelo a la desesperación de su amor platónico, su vecina Mother Sister (Ruby Dee). Un alma cándida en medio de la violencia, una gota salubre en un océano de locura, que demuestra que todo es posible con una justa voluntad y un poco de sensatez. Por desgracia, los gritos de los exaltados suelen silenciar los llantos de la humanidad.


 
La toma / la secuencia
 
 El desenlace al completo, como encadenado de gestos que definen lo más mezquino o absurdo, lo más extremo y radical, que el individuo puede mostrar como síntoma de la civilización más básica y cómo ésta logra eclipsar la síntesis más gris y opaca del ser humano, así como la facilidad para trasladar la cámara de un centro de atención a otro representan la culminación de este proyecto fílmico tan personal. La desmedida de Sal en el local, la intensa locura en los ojos de Radio Raheem cuando trata de arrebatarle la vida al primero, el plano general de la carga contra los bomberos, la desproporcionada y racial fuerza de la policía, la reacción cegada de Mookie, los efectos posteriores de los demás sobre los demás…y a la mañana siguiente, los efectos devastadores de la agitada noche, el desespero de Sal ante la conciencia de haber perdido su sueño de cuajo, la indiferencia, la falta de orgullo y el egoísmo desde la calma de Mookie, el cual, como al inicio de la película, sigue cuantificando todo aquello que le rodea. Intensidad brutal que llega y afecta al espectador, cerrado de manera óptima a través de los contrarios discursos de dos emblemas de la lucha contra la segregación racial americana, Martin Luther King desde la paz y el dialogo y Malcom X desde la defensa del uso de la fuerza como medida de defensa… valoremos los hechos y adoptemos, desde el pensamiento una postura, una cara de una misma moneda, como el ying y el yang o el hip y el hop.


La valoración
 Todo un clásico excepcional por novedoso y actual el cual, lastimosamente, no ha envejecido en muchos aspectos, excepto en el uso extendido del dispositivo móvil portátil para documentar y globalizar la imagen, especialmente las extraordinarias y más descarnadas, como es el caso. Elenco de personajes que luego se han confirmado con el paso de los años; técnica depurada al servicio de un buen guion, un relato lamentablemente nada anacrónico. Y, por encima de todo, confirmación de un excelente y singular autor que, a la postre, representa una de las piedras angulares de la representación de la comunidad afro americana dentro del sistema de producción cinematográfico norteamericano.
 
 
Nuestra nota: 8,3
 


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