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Déjame salir

 
(Get Out, Jordan Peele, USA, 2017)


 
Aberrante teratología del estado del bienestar



 
 
Sinopsis
 
 Chris (Daniel Kaluuya) es un joven afroamericano felizmente emparejado con Rose (Allison Williams), una joven blanca de ascendencia adinerada. Con el fin de formalizar la relación, ella le propone desplazarse a la residencia de fin de semana de sus padres; sin embargo, lo que debería ser un apacible estancia en el campo pronto se enturbiará, a medida que van sucediendo extrañas reacciones y circunstancias de los allí presentes. En un primer momento, Chris entiende el comportamiento excesivamente complaciente de la familia de Rose como los intentos nervioso para lidiar con relación interracial de su hija, pero a medida que avanza el fin de semana una serie de descubrimientos cada vez más inquietantes lo llevará a una descubrir una inimaginable y aterradora verdad, unas circunstancias de las que difícilmente podrá escapar.
 
Conceptos
 
 Nos encontramos ante una película cuyos precedentes más notorios son una exitosa (por inesperada y sobrecogedora) premiere mundial en el prestigioso Sundance FF y un extraordinario rendimiento comercial desde su estreno en salas a finales de febrero; no es poca cosa, no señor. De sus resultados se han señalado muchas y óptimas bondades; de su rendimiento, baste señalar que en esos momentos su recaudación mundial se cifra en unos espectaculares 180$ millones para un gasto aproximado de 5$ millones. A nuestras pantallas, a nuestro entender, llega excesivamente tarde, acarreando todo un alud de deslumbrantes imputs proyectados (al tiempo que interiorizados) para bien o para mal en espectadores ávidos de encontrar nuevas narrativas en un género cuya estética y formalidad ofrece ya escasas novedades o sorpresas. Repasemos qué pensamos acerca de uno de los hits de terror indie de la temporada.

 
 
 Poder de la sugestión. El concepto en el que confluyen dos esferas colindantes aunque distintas, la raíz sobre la gira la trama y el punto sobre el que se articula el proyecto, viene a ser el mismo. Más allá de sus logros a nivel argumental o técnico, una de las principales bazas que juega y gana el filme del debutante Jordan Peele es la habilidad para esgrimir con sutileza y naturalidad, sin apenas fuegos de artificio, una situación social lacerantemente incómoda, polémicamente real, como es la de la regresión americana a viejas fórmulas de tipo imperialista y de cuño dictatorial, basada en la supremacía de los lobbies o élites económicas unidas al retorno de trasnochados conceptos raciales de exclusión o subyugación, ideas que aterran tan sólo con imaginarlas (o recordarlas) y que se extienden en épocas de profundas crisis (de valores, económicas…) como la que ahora afrontamos de manera coetánea; sobre ese contexto, el director neoyorquino ha hilvanado una trama de corte fantástico en la que el horror no deviene de las soluciones o prácticas que se sugieren, sino del pretexto real que las provocan. De hecho, ciertamente puede decirse que una de las claves de su éxito se genera más allá de lo anecdótico que pudiera ser su desarrollo, instalándose más en lo velado o implícito, en el horror de la cercanía (allí sobre todo) más que en las imágenes que se muestran.
 
 Esa potencia de sugestión que nos invade en su contemplación, esa impotente angustia que despierta en el espectador, tiene un reflejo paralelo en el relato mismo de Get Out. En su escena clave, la maldad más gélida acaba atrapando (casi) de manera perentoria al protagonista mediante una sibilina y profunda sugestión que más que impulsar adormece, como si se tratará de esa pequeña zona de confort en la que está(mos) instalado el ciudadano del bienestar, con su voluntad social sedada más allá de los límites de su propio entorno. Así, el contexto agarra el estómago y no lo suelta hasta el último tercio del metraje, momento en el cual el filme entra en una dinámica diferente y se inclina hacia un terreno más burdo y paradigmático, diluyéndose el cadente ritmo tenso en una sucesión de situaciones más próximas al thriller de terror, alejándose al mismo tiempo del paroxismo amplificado del horror social presente en los aciagas jornadas que desafortunadamente vivimos hoy en día.

 
 Resistencia de la voluntad. No obstante, siempre queda un pequeño resquicio para albergar una lumbre de esperanza que ilumine aún nuestra capacidad de confianza en el semejante, la cual debemos situar en el umbral infranqueable de la conciencia y la dignidad  personal. Sin necesidad de pertenecer a un colectivo u otro, sin profesar un acto de fe en un icono o dictamen inducido, el reducto último inquebrantable sigue siendo la propia voluntad individual, aquella que mueve montañas y en ocasiones, en la suma de muchas de ellas, consigue imposibles inimaginables. Lo que propone el film, desde esta perspectiva, es una batalla entre la quiromancia sobre los sentidos y la argucia impulsada por la necesidad de supervivencia, la astucia promovida desde la firme voluntad de no doblegarse ante las adversidades más funestas. La lucha entre el leve y ensoñador sonido de una cucharilla sobre una taza de porcelana y la tosca densidad del vello que rellena un sofá.
 
 Este aspecto esta brillantemente ejemplificado en Get Out. Presenta a los Armitage (y sus “amistades” de fin de semana) como un clan familiar pulcramente culto, educadamente afables, cuando en realidad asistimos a un panorama familiar distópicamente aterrador: un mad doctor bien aleccionado en los monstruosos  misterios de la transmutación de la Coágula, una gélida inductora del abismo de la sedación, un rabioso agresivo afín a las tesis arias y una encantadora y voraz mantis religiosa aficionada a la comida gatuna. Ante este cuadro, el contraste que ofrece el protagonista es demasiado poderoso; es más, cuando resurge fugazmente la conciencia limitada de esos nuevos esclavos-zombis propios del siglo XXI el impacto es altamente sobrecogedor, al mostrar el insondable abismo de la voluntad sometida a través de una inmensa tristeza cuya única vía de escape se produce a través de las lágrimas.

   Subasta del ser. ¿Y todo esto, con qué fin? Como siempre, los motivos que impulsan estos atroces actos sobrepasan cualquiera de las justificaciones más humanas, aún las más trascendentales, y se inclinan hacia razones mucho más crematísticas. En este caso, de nuevo la subasta del cuerpo humano como caparazón para alargar una existencia mermada o decrépita, o la cosificación del hombre en un mundo materializado hasta el extremo más vergonzoso, en el que hemos impuesto fecha de caducidad instantánea y precio a todo la material e inmaterial, a lo deseado y a lo inconcebible. Desde la soberbia del linaje del dinero y, por ende, del poder, “…somos los Dioses atrapados en los capullos”, la Orden de los Armitage y sus clientes acólitos seleccionan y utilizan sin escrúpulos alguno a seres humanos para sus propósitos, aunque la conducta más escalofriante se advierte en los rostros y comentarios de los clientes que acuden al cóctel con el fin de valorar la mercancía que a posteriori licitarán en el bingo-subasta. El moderno y burgués mercado de esclavos plantea con lucidez la involución o el estancamiento del pensamiento sustentado tan sólo en el egoísmo individualista más exacerbado. Porque, ¿qué podemos esperar de unos seres que perpetúan la no existencia de sus seres más próximos dotándoles de un rol de siervo sometido a su capricho o tiranía?


         

 
El personaje
 
 Obviamente, el joven Daniel Kaluuya, el cual aprovecha la ocasión brindada y dota de significado pleno un personaje que en otras manos podía haber quedado en caricatura de sufrimiento o cliché de género. Su interpretación del perplejo y sufrido Chris Washington supone uno de los pilares centrales que sustenta el armazón completo de Déjame Salir, mediante un repertorio artístico que hace gala de una versatilidad gestual importante, una capacidad de profundización del rol significativamente sentida y una evidente facilidad para transmitir al margen de lo meramente narrativo. Su representación supone, en última instancia, la confirmación de que puede ser una apuesta segura de riesgo mínimo para productos de bajo presupuesto donde lo interpretativo prima sobre lo añadido. Ojalá muestre en un futuro próximo la misma habilidad para decidir sobre el rumbo de su carrera.

 
La toma / la secuencia
 
 Entiendo que habría bastante consenso a la hora de escoger la secuencia central del filme en este caso, ya que hay un punto de ruptura muy evidente que se revela como eje de articulación a partir del cual el desarrollo del relato se dirige hacia una senda distinta, primando la horrorosa incertidumbre de los sucesos sobre la absoluta certeza de que nuestro protagonista ya no es dueño absoluto de su voluntad. El oscuro agujero de la voluntad, el horripilante lugar donde la autonomía del ser queda subyugada por completo a la voluntad del más poderoso, la hipnosis como sedación mental, la caída consciente a un oscuro vacío sin posibilidad de retorno, la pesadillesca asfixia del alma… Todo concentrado en el set que figura el estudio de la casa de campo de la acomodada familia Armitage, en un diálogo que concentra el dominio y la sumisión, la salvaje intromisión en lo más recóndito de la intimidad, el lento dominio de una firme voluntad sobre otra quebrada por su pasado; y la magnífica resolución final con un punto de fuga cada vez más lejano, con una claustrofóbica gestualidad en contra plano al rostro de satisfacción por la victoria que asoma a esa ventana que se empequeñece por momentos, hundiendo al ser en el abismo de la locura. Fetén.


La valoración
 
 Lástima que todos estos valores queden disminuidos por la atropellada deriva que toman los acontecimientos en su último tramo. Aprecio el profundo calado de su discurso, aunque sigo sin entender la enfatización que se le ha otorgado sobre otras capas al discurso racista contra los afroamericanos; bien, es cierto que sintéticamente es así, pero también lo es el hecho de que se explicita que el gusto por la exaltación de algunos tópicos forma parte de una moda pasajera. A la socorrida pregunta del porqué yo, el marchante comprador del cuerpo de Chris responde claramente “Who Knows?”, es decir, formula una decisión indeterminada al hecho de haberlo escogido a él tan sólo por su color de piel. No encuentro un argumento tan sólido más allá de lo anecdótico del filme y lo coyuntural del momento americano el discurso.
 
   Por el contrario, si me parece interesante la simbología del desvalido como desprotegido de su propia voluntad a merced de la arbitrariedad abusiva del poderoso, como tantos y tantos ejemplos encontramos en estos tiempos en nuestra vieja y convulsa Europa, en donde el repliegue hacia lo ¿propio? ocasiona la insolidaridad más repulsiva sobre el más necesitado, sobre el otro. En definitiva, el desarrollo conduce a un final que nos lleva hacia un terreno excesivamente explícito y desvirtuado de su planteamiento inicial, quedándose en un buen filme de terror, todo lo contrario de algunas otras producciones algo similares donde el contundente cierre dota de pleno sentido el terrorífico desarrollo, caso de la ejemplar Martyrs (Pascal Laugier, 2008) y su sobrecogedor final con reunión burguesa incluida.
 
 
Nuestra nota: 7,2


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