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    9 pelÍculas para 1 destino:  OSCARS 2017







Fences

(Denzel Washington, USA, 2016)




En pocas palabras

Troy Maxson (Denzel Washington) es un hombre al que su dura biografía le ha ido imprimiendo dolorosas cicatrices en su alma y en el pensamiento. Antiguo jugador de la segregada Liga Negra de béisbol, tiene una amargura permanente en sus recuerdos cada vez que piensa que nunca pudo alcanzar el sueño de jugar en la Liga Unificada, de acaparar más prestigio y obtener mayores sumas de dinero; de hecho, toda su diaria perorata va ejemplificada en términos deportivos. Ahora, con cincuenta y tres de edad años y casado desde hace dieciocho con la paciente Rose (Viola Davis) reside en Pittsburgh trabajando de basurero y soñando en convertirse en el primer conductor de servicios de recogida de color, mientras se enfrenta a las propias decisiones de su hijo adolescente Cory (Jovan Adepo) y la amable desfachatez de otro hijo de una antigua relación, el adulto Lyons (Russell Hornsby), todo un sacacuartos callejero. Amargado, lleno de resentimientos, volcará su enorme frustración en su entorno más próximo entre bravatas heroicas y tragos de ginebra, entre una falsa mitología autoconstruida y la defensa de unos ideales a priori inquebrantables e indomables. Pero un hecho sustancial cambiará la existencia de todos ellos, un punto y aparte a la vez que punto de no retorno.

Nos ha gustado

 
El magnífico guion y sus afilados y determinantes diálogos, adaptados fielmente de la gran obra literaria del elogiado y galardonado dramaturgo estadounidense August Wilson, prestigio que ha traspasado la propia escritura para encumbrar las sucesivas adecuaciones a los distintos formatos artísticos que lo han acogido. Sentimos a todos los personajes como próximamente reales, materialmente genuinos, y cuando el espectador mira a pantalla puede ver mucho más que una excelente interpretación: sueños resquebrajados, proyectos de vida anhelados perdidos en la marea de las circunstancias, elementos que configuran el carácter de los personajes y los vertebran en esas mismas situaciones; todos ellos son esclavos de su pasado de una u otra manera, y éste configura su temperamento y moldea a través del pensamiento hecho dialogo el de sus seres más próximos. Distintas maneras de hacer frente a una existencia incompleta, sesgada por la fantasía inalcanzable de quien desea algo irrealizable, de quien persigue utopías y se evade vulnerando sus propias normas. Por un lado resentimiento, amargura, felices y falsas fabulaciones, reinterpretación de la biografía, transgresión de la moral difundida; por otro estoicismo, cariño y comprensión, respeto y distancia siempre justa, mucho dolor, más valor y discreción; colateralmente, amistad verdadera, dichosa ignorancia, sumisión aparente, determinación, elección del destino propio; y siempre, envolviendo estas todas estas auténticas posturas vitales, la vida y la inexorable presencia de la verdad. En conjunto, potentes ingredientes para una receta ejecutada con maestría.

Las memorables interpretaciones, magníficamente representada cada uno en su trama particular en el caso de Jovan Adepo, Russell Hornsby, Mykelti Williamson, Stephen Henderson e incluso, rebajando un poco la valoración general de su óptimo trabajo, el de Viola Davis, pero encumbrando sin ninguna duda la labor de Denzel Washington, muy por encima de los logros mostrados en éste su filme en el apartado de dirección, obrada de un modo excesivamente romo, plano. La interpretación que realiza de Troy Maxson se erige, con una fuerza descomunal, como una de las mejores del año sin duda. Ciertamente, la magnitud de las aristas que representan a este personaje son un regalo caído del cielo, una bicoca que en manos de un actor menos curtido podía haber arrojado tan sólo un buen resultado; pero en manos de Denzel Washington (una vez más repuntando de las propias cenizas de sus últimos acertados aunque algo monótonos trabajos actorales) se revelan como ejemplarizantes para manuales y tesis en cualquier escuela interpretativa que se precie.
Por un lado podemos observar una evolución otorgada por el propio papel, el cual bascula desde posturas entrañables y jocosas, al mismo tiempo que inflexibles y desproporcionadas, hacia un estado de irresponsabilidad e indignidad que lo lanzan hacia el resentimiento y la amargura, y de allí a la locura; por otra parte, la labor que define y completa de manera definitiva el ser que irradia con su verborrea y sus actos a todo su entorno es la dicción y el trabajo gestual, la compleja y dificultosa lectura del papel a unos niveles sólo comparables a los más grandes, como por ejemplo el de James Cagney en One, Two, Three (Billy Wilder, USA, 1961) con una modulación imponente acompañada de histriónicos, adustos o regias expresiones según la situación.  En conjunto Denzel acaba construyendo un personaje mucho más complejo de la que se adivina tan sólo a través de sus palabras, con una profundidad interior ampliamente exuberante, siendo motor propulsor para las demás actuaciones que le envuelven debido a que, en definitiva, él y sólo él es el dueño, el hacedor, de esas cercas vitales que aceptan o excluyen.



         



No nos ha acaba de convencer

La dependencia exclusiva de la estructura interna al formato teatral, ya que a pesar de que hay tener presente la voluntad artística de mantener un respetuoso rigor hacia el proyecto original y su procedencia, intentando introducir las mínimas variaciones posibles en un proyecto contrastadamente exitoso, también es cierto que la cadencia del desarrollo cinematográfico exige un pulso algo más vigoroso y versátil que el que se ofrece por pura limitación sobre las tablas. En definitiva, si observamos Fences desde un prisma aséptico la podemos ver también como una obra narrativa excelentemente dialogada y magníficamente interpretada, pero hay se queda; y puede faltar algo más no para ser una obra más compleja, pero si más completa. La estructura en actos está demasiado remarcada, la cámara no rueda (no puede, se limita a si misma) en planos y con técnicas variadas, sino que tan sólo asiste inmóvil como estéril notaria de esa historia, los escenarios, al fin, como los de cualquier representación teatral, se limitan casi exclusivamente a un interior y un exterior. Por tanto, si existe (difícilmente) una falta de empatía hacia los personajes, si el espectador no consigue zambullirse en el drama de las insatisfacciones existenciales de esos seres, la película se queda en nada, despojada como está hasta de banda sonora. Puro teatro a través de una pantalla cinematográfica, pero innegablemente teatro del bueno.

 
 Nuestro veredicto: 8,6


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