El Séptimo Sello - The Seventh Seal - Travelling circular

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El Séptimo Sello - The Seventh Seal

Impresiones / Reseñas > Retines d'Or

 
El séptimo sello (Det sjunde inseglet, Ingmar Bergman, Suecia, 1957)


 
 
 
            
El noble caballero Antonius Blovk y su fiel escudero Jöns regresan tras largo tiempo batallando en la Cruzada de Tierra Santa a su Suecia natal, en medio del yermo panorama social azotado por la fuerte imposición moral de las reglas católicas en Occidente y la devastación demográfica provocada por el avance implacable de la Peste Negra. A lo largo de una jornada, observaremos la derrota física y la descreencia espiritual del instruido caballero, en contraste con el joie de vivre de una pequeña troupe de comediantes. Todos ellos deberán enfrentar sus dudas y temores ante un temible adversario que les acechará día y noche, la mismísima Muerte.
 
Mediante las siguientes reflexiones iniciamos un ciclo de análisis de eminentes producciones intemporales del séptimo arte, los cuales se reunirán en la sección de Retines d’Or, de la mano de una obra insigne en el panteón de los grandes clásicos universales, filme fundamental que contiene algunos signos distintivos autorales del reputado director y escritor sueco Ingmar Bergman, a la vez que se mantiene a pesar de los años transcurridos desde su premiere mundial, el 13 de octubre de 1958 en Paris, como una de las mejores radiografías artísticas del medievo occidental jamás filmadas; su nota media en los distintos webs especializados de crítica y público (Imdb (8,3/10), Filmaffinity (8,4/10), Rotten Tomatoes (94%)) así lo certifican.

 
“Yo quiero entender, no creer”
 
 Decimoséptimo largo dirigido por Ingmar Bergman, situado entre su primer gran éxito internacional, Sonrisas de una noche de verano (Sommarnattens leende, 1955) y la multipremiada Fresas Salvajes (Smultronstället, 1957), este film de profunda carga simbólica y abundantes reflexiones metafísicas, enmarcado en un lugar y una época propicio para ello, muestra un fuerte contraste entre los instruidos oficiantes del poder y el oprimido vulgo iletrado (debido a los normas sociales y espirituales infligidas), entregados con resignación a su destino. Para muestra, la excelente secuencia de la procesión de los mártires, así como los óptimos primeros planos de esos seres humanos subyugados al imperante peso del poder a través de la coacción que ejerce sobre ellos el temeroso símbolo de la cruz y la vívida realidad colindante de la muerte atroz causada por la peste, presentándonos de este modo las distintas posturas vitales hacia los grandes acontecimientos de la vida en el seno de la comunidad feudal propia de la Edad Media occidental.
 Esta secuencia recrea, de este modo, el ejercicio del poder coercitivo, fundamental y primario, sobre la amplia y mayoritaria base de la sociedad agraria medieval de la primera mitad del segundo milenio d.C., y además lo plasma con una potencia de expresividad que por sí sola ya la hace acreedora como exposición artística cardinal a la hora de ejemplificar educativamente el panorama de dicho tiempo y lugar; tan cierto como es esta aseveración lo es el hecho de haber constituido su visionado una práctica habitual en numerosos programas lectivos de bachillerato en su rama de literatura medieval.  Todos los símbolos y tópicos presentes en las obras más célebres de la literatura occidental de este período (como fiel reflejo de la realidad histórica del momento) se perciben poderosamente, con una nitidez clarividente: el tópico del Carpe Diem en cada una de las acciones de la pareja de juglares, en todos los momentos vitales de su jornada, y los cuales representan la vida, en contraste permanente con el tópico de la Danza de la Muerte, anticipado en los frescos de la capilla (escenificados por Albertus Pictor, nombre real de un muralista que representaba frescos con estas imágenes) y cuya famosa escena final supone por sí sola un icono de la historia universal del séptimo arte. En definitiva, todos estos emblemas medievales confluyen y nos llevan hacía la escenificación lírica funesta del Dies irae entonado por los mártires flagelantes que desfilan ante el horror reverencial de la plebe.

                                         
 
“La fe es un grave sufrimiento”

 Nos encontramos, en consecuencia, frente a una obra que contiene cuestiones de hondo calado en su narración, que plantea enigmas trascendentales, los interrogantes de mayor calado que han preocupado a la humanidad desde la toma de su propia consciencia, y que proyecta esta densidad narrativa de una manera tal que en ningún momento lastra el interés de su seguimiento, gracias al establecimiento de tan magnas cuestiones en el seno de un guion sencillo, con alternancias continuas entre situaciones cómicas, livianas y naturales frente a momentos graves, tensionados y sobrenaturales.
 Estas secuencias se desenvuelven mediante el apoyo de recursos que nos anticipan la “marca autoral” tan personal y única que desarrollaría con posterioridad un aquí aún incipiente Bergman, mediante el empleo de técnicas particulares al servicio de su intención perenne de establecer un ritmo narrativo pausado, con una cadencia de desarrollo natural, sin sobresaltos de guion ni situaciones forzadas o mal encajadas. Como si de una secuencia correlativa de frescos pictóricos enlazados, el cineasta sueco hace la transición entre secuencias apoyándose en un gradual fade out mientras cierra el objetivo, para abrirlo transcurrido unos segundos en un amplio angular en algunas ocasiones; dicho de otro modo, otorga o regala al espectador un breve instante de reflexión sobre lo visto, un momento de deleite sobre lo observado, ofreciéndole unos segundos de descanso y preparación para la siguiente representación narrativa. El preeminente rodaje se escenifica en el hecho de que la localización de exteriores se circunscribe tan sólo a la escena inicial y la final, destacando en este apartado la perfecta adecuación de la iluminación del set a la condición de cada una las secuencias.

                                           
 
“El vacío es como un espejo delante de mi rostro y al contemplarlo siento un profundo desprecio de mi ser”

 Capítulo aparte merece el dominio de la dirección autoral que manifestaba con auténtica maestría Ingmar Bergman, y cuyos logros se evidencian en todos y cada uno de los actores de este film. A pesar de que la filmografía del autor sueco se caracteriza entre otros motivos por contar con pocos personajes en sus historias, en este film adquiere una especial relevancia el sentimiento que traspasa del celuloide hasta llegar al espectador, mostrado por los elementos de cada uno de los “frescos” que componen la unidad del film. Si observamos la dirección de los “extras”, los primeros planos nos explican todo un rico universo de significado pleno, todo un contenido de las creencias y temores del vulgo medieval: desde los clientes de la taberna hasta los feligreses de la procesión de los penitentes, en todos ellos podemos advertir con meridiana claridad sus expresivos rostros llenos de significado, recogidos en los más mínimos y sutiles gestos que provocan sus acciones y las de su entorno (cfr. las burlescas muecas del escudero Jöns ante las órdenes de su señor cuando éste le da la espalda).
 En cuanto a los actores de reparto todos ellos lucen una actuación estupenda, acorde a su rol, verbalizando principalmente con sus gestos la narración de la historia. Ahí están la troupe de comediantes o bufones, no por casualidad nombrados como Jöf y Mia (José y María), junto a su pequeño bebé, y cuyos temores son exonerados en el recogimiento familiar, envuelto mediante el puro sentimiento del amor frente a la Apocalíptica tempestad anunciadora del destino insobornable. Son seres puros, inocentes, livianos, que no merecen tan temprano ni trágico fin, y cuya veleidad se ve recompensada con la vida. Por el contrario, poco delimitados o trazados están los acompañantes del caballero protagonista en su último viaje al viejo y ruinoso castillo [de su alma], quizás algo más el papel desempeñado por Jöns, su fiel escudero, como prototipo del ser común sin voluntad, jovial, humilde y mundano, que acepta sin más el lugar que el destino natural, la estructura social, le ha otorgado a lo largo de su trayectoria vital, tal y como se puede apreciar en la gestualidad de su rostro en la escena del castillo, con poca o ninguna sorpresa, con escaso temor, ante el funesto invitado que allí se presenta.
 
¿Por qué no logro matar a Dios en mí?
 
 Y por fin llegamos a la auténtica piedra angular de este proyecto fílmico, el alma mater de esta representación medieval y metafísica, en la imponente y brillante figura actoral encarnada por un joven e incipiente Max Von Sydow, en su primera representación de profundo calado cinematográfico y en la inaugural colaboración entre actor y director. La regía figura del caballero Antonius Blovk y sus gestos desenvueltos y decididos, como corresponden a un noble caballero de acción, contrastan hondamente con la gravedad de su gesto hierático, instruido y reflexivo (tan sólo se permite la licencia de destensar los músculos faciales y regalar media sonrisa en la bucólica escena de relajado asueto con los juglares). Nada se nos cuenta de su pasado, de las circunstancias que delimitan su ética y su modo de actuar, pero es evidente que algo trascendental, decisorio para su experiencia vital, ha ocurrido en las Cruzadas (¿quizás las constantes visiones de la miserable condición de la carne humana, en nombre de un Dios despiadado?), algo que ha mutado el alma de nuestro protagonista hacia un punto de no retorno.
 El auténtico meollo argumental, la síntesis del mensaje narrativo que este film nos plantea, se desarrolla en torno a la crisis existencial y de valores espirituales del caballero Antonius, representado en las aseveraciones que se han ido diseminado en el encabezamiento de cada uno de estos bloques y que surgen y se exteriorizan de boca de nuestro protagonista, el cual protagoniza un espléndido tête-à-tête con la Muerte (impertérrito Bengt Ekerot) alrededor de una tabla de ajedrez, con el fin de postergar al máximo el inevitable destino de tener que acompañar a la muerte, según la propuesta planteada a la Muerte. Pero la realidad es otra bien distinta; Antonius no busca el engaño, el ardid sobre su rival, sino que persigue, en sus últimas horas, respuestas a sus dudas existenciales, alivio a los demonios interiores sobre la vacuidad del alma y el funesto destino que le espera, tras toda una existencia confiado a una segura salvación eterna por sus honrosos actos católicos.
 
                                              
 
 En consecuencia, y como ocurre con la naturaleza indistinta de la relatividad de las juicios o conceptos absolutos, el caballero resulta ser el más instruido e investido de los participantes de esta representación medieval, el protagonista que a través de su ilustración acarrea con los enigmas más significativos y trascendentes de lo sustancial del alma humana, el ser cuyo trágico e inexorable final producirá una mayor insatisfacción, por cuanto sus dudas no sólo no quedan resueltas, sino que se ven aumentadas de manera gradual y fatídica.
 Más este no es el epílogo final y determinante de la aventura humana. Frente al desasosiego de la razón, el plano final contrapone el lirismo y la ternura de la ensoñación de la inocencia, el goce de lo terrenal frente al sufrimiento de lo espiritual. En esta confrontación, sobre este planteamiento,  la elección resulta ciertamente fácil, pero en todo caso no nos corresponde a nosotros juzgarla ni desearla; en apariencia, la inexorabilidad del sino es inevitable, aunque el modo de afrontarlo tenga mucho que decir.
Dirigida por Ingmar Bergman
Guión original de Ingmar Bergman // Producida por Svensk Filmindustri // Fotografía: Gunnar Fischer // Música: Erik Nordgren // Montaje: Lennart Wallén // Vestuario: Manne Lindholm // Diseño de producción: P.A. Lundgren // Dirección artística:  Carl-Henry Cagarp // 96 minutos.
Reparto: Max von Sydow, Gunnar Björnstrand, Nils Poppe, Bibi Andersson, Bengt Ekerot, Gunnel Lindblom, Maud Hansson, Ake Fridell.
Localizaciones de rodaje: Skevik, Värmdö, Stockholms län, Sweden; Skytteholm, Solna, Stockholms län, Sweden; Viby, Sigtuna, Stockholms län, Sweden; Gustavsberg, Värmdö, Stockholms län, Sweden; Hovs Hallar - Naturreservat, Skåne län, Sweden; Solna, Stockholms län, Sweden; Svensk Filmindustri, Filmstaden, Råsunda, Stockholms län, Sweden (studio); Östanå, Österåker, Stockholms län, Sweden.
World Premiere: 16/02/1957
Valoraciones artísticas: Imdb (8,2/10), Filmaffinity (8,2/10), Rotten Tomatoes (92%)



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