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Doce del patíbulo

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Doce del patíbulo

(The Dirty Dozen, Robert Aldrich, Reino Unido / USA, 1967)



El valor de los repudiados


 
 
Sinópsis

Durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, el alto mando americano traza un insensato plan de aniquilación veloz y efectiva de algunos estandartes de la cúpula militar nazi. Para conseguirlo debe llevarse a cabo un asalto suicida a una fortaleza montañosa amurallada, para lo cual reclutan a un variopinto grupo de doce desheredados, parias condenados a largas condenas e incluso la horca bajo el mando del conflictivo Major Reisman, el cual no comparte los intereses ni procedimientos reglados. Su gran objetivo, no obstante, será conseguir cohesionar y motivar un grupo sin un claro futuro y devolverles al mismo tiempo la confianza en sus propias habilidades y dignidad.

Conceptos

Contrastes: La concepción global del filme se erige sobre una sólida estructura, cuyos pilares se arman mediante la significación por contrario, es decir, en mostrar lo sustancial a través de la comparación con un elemento que colinda el entorno del sujeto: para que se entienda, veámoslo en elementos graduales.
 
A nivel argumental, todos los personajes muestran (hábilmente, con su presente antes que con su pasado) un perfil muy concreto, un carácter singular y distinto al del resto, y cuya fuerza queda respaldada con la distancia que marca junto al de al lado: desde el estado mayor que orquesta la misión suicida [el impulsivo e irreflexivo General Denton (Robert Webber) Vs el juicioso y ponderado talante del General Worden (Ernest Borgnine)], pasando por los mandos intermedios [la equidad, honradez y fidelidad del Major Reisman (Lee Marvin) Vs el despotismo, la tiranía y arbitrariedad del Coronel Everett (Robert Ryan], para llegar finalmente al grupo principal de protagonistas, los “doce sucios”, los cuales presentan características dispares evidenciadas por la diferencia de comportamiento que presentan: la enfermiza psicopatía misógina de Archer (Telly Savalas), el arrojo y la rebeldía de Franko (John Cassavetes) la cándida bisoñez de Pinkley (Donald Sutherland) o la firme determinación de Wladislaw (Charles Bronson)  son los ejemplos más ilustrativos del caso.
 
En el aspecto formal, la iluminación recorre tres fases principales: una predominantemente luminosa, la cual recorre todas las escenas del campo de entrenamiento, una más mustia y menos atractiva (el campo de aviación) y la más oscura, dominada por el ambiente nocturno en la que transcurre la acción, del asalta a la fortaleza nazi final.  Así, la coherencia interna del relato gira en torno a la presentación de estos poderosos contrastes que sirven para enfatizar cada una de las fases de desarrollo de la trama, especialmente acusada en los dos bloques claramente diferenciados del filme, el perteneciente a la reunión y entrenamiento del grupo de asalto (detallado, con el fin de ilustrar las diferencias y el nexo común, con el objetivo de empatizar con el público) y el más propio al género que se suscribe, el de acción bélica, presentado con un montaje mucho más veloz, con acontecimientos encadenados para aumentar así la sensación de suspense y la certeza del destino final de, en este punto ya, nuestros héroes, anteriormente desarraigados y repudiados por un distinto pasado que les condenaba como seres humanos y cuya redención se encuentra en la comprensión y la cohesión como grupo. En el magnífico desarrollo de esa evolución es donde tiene lugar el triunfo más rotundo del filme.
 
Responsabilidad y cohesión: Ese es el sustancial eje gravitatorio del filme. El Major Reisman (Lee Marvin) comprende rápidamente la sucia propuesta que le imponen, el desprecio sin alternativa con el que le pagan la defensa de los ideales ajenos mediante su propio proceder: la misión que le otorgan es a todas luces injusta y suicida, favorecedora exclusiva para los intereses de los más poderoso, pero al mismo tiempo le ofrece la oportunidad de mostrar y enseñar que nada es imposible si se persigue un objetivo de manera colectiva y con un compromiso fuertemente compartido. Por este motivo, la película se entretiene y adorna durante dos horas de sus 145’ de exposición en el preparativo en los campos de entrenamiento, porque es ahí donde se construye la argumentación del porqué un conjunto de parias sin más objetivo que la propia supervivencia acaban deviniendo en un cohesionado conjunto de personajes que actúan de manera conjunta y aceptan su más que previsible funesto final sin más estandarte que el de la dignidad restituida y la valentía del honor. Muchos otros filmes de temática similar no justifican, simplemente lanzan la acción sin más preocupación; éste no, y por eso y sus excelentes interpretaciones se erige como pieza clave del género.


    


El Personaje
 
En este caso, es altamente dificultoso decantarse por un rol u otro. Uno de los aspectos más brillantes del filme tiene su origen en la perfecta labor de casting, en el logro de reunir tantos actores de carácter de esa época cinematográfica alrededor de un único proyecto. No son pocos y todos se acomodan y hacen suyo la idiosincrasia particular de cada perfil, desarrollando su presencia sin estridencias ni ambigüedades, honesta y colaborativamente. La nómina no tiene desperdicio: un maduro Lee Marvin, un sorprendente John Cassavetes, el ascendente Charles Bronson, el fiable Telly Savalas, un incipiente Donald Sutherland… por no mencionar a Robert Ryan, George Kennedy, Ernest Borgnine, Robert Webber o Jim Brown… no hace falta decir más. Imprescindibles, absolutamente todos ellos ya justifican su visionado.
 
 
La toma / la secuencia
 
Aquella en la que se instituye y forma el grupo, a raíz del plante colectivo, encabezado como no por Victor Franko, como exigencia para adquirir unas mínimas condiciones que los eleven a un mínimo de dignidad castrense.
Inteligentemente, Reisman sabe que el único modo de intentar lograr con escasas garantías de éxito el objetivo al que los han forzado es exigir con constancia y denigrar en ciertos aspectos las condiciones de vida del grupo en el campamento de entrenamiento; al principio del filme vemos un grupo de desarraigados con creencias, intereses y objetivos discordantes, y él sabe que la única manera de lograr un grupo compacto que persiga de manera efectiva el éxito de una misión suicida va más allá de vanas promesas de perdón y libertad. Así, con el control absoluto del entrenamiento otorgado, deja claro desde el primer día a los doce renegados que las condiciones entre ellos y la policía militar será diferente, y que los privilegios deben ganarse. Al fin, los individuos se reúnen espontáneamente para demandar agua caliente para el afeitado, efecto al que se negará Reisman y como consecuencia del cual deciden no volver a asearse. En ese instante nacen los Dirty Dozen, los Doce Sucios, como grupo con un propósito común inicial, el de exigir unas condiciones mínimas de salubridad. Tras esa escena, Reisman declara que es el principio de su victoria particular, al lograr la unión de todos ellos en pos de un objetivo común. Es consciente que ha empezado a ganar la batalla sobre la que nadie confiaba.
 
 
La valoración
 
Más allá del carácter o envoltorio al que se adscribe, aunque evidentemente también, su primer bloque presenta unas valores temáticos, unas interpretaciones de lujo suficientemente atractivas para invertir dos horas y media ante la pantalla. No se arrepentirán.
 
Nuestra nota: 8,5
 
 
 
 


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