Déjame entrar - Travelling circular

Travelling circular
Vaya al Contenido

Menu Principal:

Déjame entrar

Impresiones / Reseñas > Retines d'Or





 
Déjame entrar

 
(Låt den rätte komma in, Tomas Alfredson, Suecia, 2008)


 
Hermosa soledad compartida



Sinopsis
 
Extrarradio de Estocolmo, década de los ochenta. Alrededor de un grisáceo ambiente siempre dominado por la blanca nieve nórdica, en un insulso bloque de edificios, reside Oskar (Kåre Hedebrant), un silencioso y retraído niño de apenas doce años cuyo carácter se observa ampliamente influido por el desorden vital que le produce la separación de sus padres, los cuales se abstraen con frecuencia de tutelarlo y comprenderlo debido al exceso de trabajo (su madre) y el alcoholismo (su padre). Esto provoca al fin que nadie se interese por sus preocupaciones existenciales, entre las que se sitúa en primerísimo lugar el continuo asedio o violento bullying al que se ve sometido por algunos de sus compañeros en la escuela.
 Oskar pasa las tardes, en casa o en el gélido y desolado parque frente a la misma, simulando tener el arrojo suficiente con el que responder al escarnio al que se ve sometido con un cuchillo en mano… pero durante el día todo vuelve a ser como siempre. Su solitaria y monótona vida se verá alterada con la llegada de unos nuevos y misteriosos vecinos cuya hija, Eli (Lina Leandersson), pronto iniciará una particular amistad con Oskar, alentándolo a reunir el valor necesario para afrontar sus propias preocupaciones y derrotar sus temores más arraigados. La irrupción de una serie de violentas muertes en el barrio y la evidencia cada vez más notoria de que Eli es, en realidad, muy distinta a las niñas de su edad, no impedirán que Oskar tome las riendas de su existencia y decida dedicarle con valentía y cariño toda su atención a ese ser que le ha hecho cambiar tanto gracias a la amistad y el amor.

 
Conceptos
 
 Las altísimas valoraciones que se otorgaron al filme tras su estreno en el marco del festival de Göteborg el 26 de enero de 2008 pronto serían corroboradas y aumentadas, hasta cotas muy superiores, en su posterior tour por distintos festivales alrededor del mundo; el enfoque al que se dotaba la obra, conjugando de manera líricamente delicada aspectos tan distantes como el drama sutil y profundo y el horror más elegante y gráfico permitió su acogida en eventos de tan distinta índole como los eventos de Tribeca o Karlovy Vary, junto a los más variados y prestigiosos festivales de género del planeta; de manera inevitable, el impacto artístico fue lenta pero inexorablemente corriendo de boca a oreja, de letra a vista, impulsado por la ristra de reconocimientos que recogió a lo largo de su andadura de presentación (un total de 72). Al éxito de crítica en seguida se le unió el beneplácito del público, acabando de auparla a categoría de poderosa rara avis, aquella de la que pueden presumir únicamente las obras atemporales más influyentes.
 Gran parte del mérito de ese éxito cabe concedérselo a su fuente originaria, una novela de gran popularidad escrita por John Ajvide Lindqvist, autor de la posterior adaptación cinematográfica en la que depuraba comercialmente aquellos aspectos  más sórdidos y polémicos de la obra narrativa. Aspectos tales como las drogas, la prostitución o la pederastia quedan tan sólo sutilmente insinuados en la gran pantalla, apostando por cercenar lo más descarnado y desagradable con el fin de acercarla a un público más mayoritario, a través de una estilosa insinuación. No obstante, sigue exigiendo la complicidad del espectador para la captación de sus virtudes; no nos encontramos ante un banal entretenimiento, sino que expresa mucho más de lo que las imágenes dictan, y eso siempre requiere un esfuerzo.
 Los aspectos más formales están conjugados de una manera tan absolutamente brillante que ofrecen una presentación armoniosa, sin estridencias ni golpes de efectos engañosos, funcionando todo el conjunto como una apología de la identidad o un elogio de lo distinto. Desde la interpretación de sus dos jóvenes y principales protagonistas, los cuales consiguen trasladar torrentes de sentimientos sin apenas formular palabras, hasta los tristes y melancólicos adagios comandados por Johan Söderqvist, continuando con la precisa y sincrética fotografía del hoy ya imprescindible neerlandés Hoyte Van Hoytema, y finalizando por la magna labor corroborada posteriormente por el desconocido (allende sus fronteras) Tomas Alfredson, todo, absolutamente todo, fluye de manera pausada y frágil, consistente desde sus distintos ángulos, concluyéndose de manera inesperada y magistral a la par.
 A lo largo de su desarrollo, tal y como señalaba, deja muchos apuntes por doquier, muchos temas que apuntalan la estructura y sobre los cuales no se profundiza, debido a que se configura como una obra sugerente, más de sensaciones que no de explicaciones. Veamos algunos de ellas.

 Soledad. Principal halo que recorre todo el filme de la mano de su inseparable melancolía. Los dos jóvenes protagonistas se sienten y saben desterrados del entorno donde habitan, aislados anímicamente en una sociedad en la que los individuos adultos se repliegan sobre sus propias ocupaciones sin dejar espacio al cuidado e interés de los más necesitados. Oskar vive de un modo tan absolutamente incomunicado que aunque comparta vivienda con su madre y fines de semana con su padre ninguno de ellos muestran interés por saber qué hace o cómo se siente (las miradas de Oskar hacia ellos son demoledoras); suponen que se comportan cómo un niño, aún sin mostrar interés ninguno; permanentemente olvidado del mundo adulto, entregado a una sociedad terriblemente estéril de sentimientos, se entregará irracional e incondicionalmente a la amistad de Eli, el único ser que sin serlo muestra empatía hacia él. Eli, consciente de su naturaleza, es conocedora de lo irremediable, de lo imposible (lo explicita en distintas ocasiones y de diferentes maneras), pero también encuentra en Oskar la tímida calidez que sabe ningún humano le dará jamás, pura y libre de prejuicios, a universos de distancia del desapasionado automatismo, más propio de un sirviente que de un padre, que le ofrece Håkan.
 Juntos recorren un relato cercano al género romántico, aunque aderezado con los instantes de horror que provocan los instintos más básicamente animales de sus propias naturalezas. El acercamiento inicial, las dudas, la confianza ciega, el amor irreflexivo y puro, el sacrificio por el otro, la entrega incondicional, aderezos que surgen de manera paulatina y que van enterrando inevitablemente sus estados aislados para conformarse cómo una pareja con un único y enorme nexo común: el amor.

 Miedo y valentía. El miedo sigiloso, aquel que permanece en lo más recóndito de nuestra alma suele ser el más aterrador, el que desemboca irremediablemente en las peores consecuencias. Esta película nos sugiere escenas ciertamente escabrosas, mediante el hilo narrativo de Eli, su naturaleza y sus necesidades, pero el horror más gélido quizás lo representa esa mirada insensible y desafiante, al punto del desborde, de Oskar ante las violentas y continuas vejaciones a las que se ve subyugado, muy distinta de las que otorga a Eli o sus padres.
 También el miedo domina por completo al padre de Eli, Håkan, miedo irracional por la verdadera esencia de su hija y temor profundo ante un final que entiende como irremediable. Por su parte, Eli también recorre el estado de la turbación cercana al miedo, pero éste va más allá de su presente; ella en definitiva no tiene miedo a las situaciones que suceden a su alrededor, ni siquiera miedo ante las dificultades de su particular subsistencia, ya que eso lo ha afrontado en el pasado (aunque no se nos diga) y ya lo ha superado; por eso se ve en potestad de insuflar constantes dosis de coraje a Oskar. No obstante, ella también siente escalofríos, un  temor acechante que crece de la mano de los sentimientos que va sintiendo por Oskar, en un estado de permanente de vigilia con el fin de no ocasionarle daño ni permitir que otros se lo hagan. Es éste un miedo bello y positivo, una turbación interna constante ante la posibilidad de perder lo único bueno que posiblemente haya encontrado a lo largo de su existencia, un sentimiento que no va otorgar nada negativo, sino que nace como efecto inherente a la propia ternura.

   Amor. Puro y virginal, como las ofrendas contra natura que ambos protagonistas se regalan de manera inconsciente, con el fin de complacer los ideales imposibles del otro. Oskar aguanta el olor a carne corrupta que desprende Eli, así como el hecho de saber que jamás podrá consumar el más básico de los efectos del amor; Eli intenta agraciar a Oskar probando la comida humana, aun a sabiendas de los efectos nocivos para su organismo animal; tan sólo dos ejemplos de lo mucho que ceden ambos, explícita e implícitamente, con el fin de realizar una unión imposible tan sólo forjada en elementos tan volátiles y esenciales como la amistad, la comprensión, la aceptación y la compañía.
 Bajo mi punto de vista, este es el elemento que da consistencia a toda la estructura del filme; nada es justificable ni asumible sin anteponer dicho componente frente a los demás. Muchas de las cosas que ocurren se argumentan desde el concepto del amor o su contrario: mientras Oskar y Eli se mueven aún sin ser conscientes al ciento por ciento bajo sus coordenadas, los acechadores de Oskar se mueven desde los complejos del odio provocados por la falta de atención y cariño y los adultos se impulsan ciegamente desde un egoísmo absoluto que intentan abstraer a base de ocupaciones más o menos dignas. En definitiva, y aunque el destino se aventure aciago, si hemos de envidar en el cierre de la obra a alguien siempre será a la candidez entrañable de la pareja protagonista. ¿O no?


         

 
El personaje
 
 La definición minimalista de todos y cada uno de los personajes que pueblan este lúgubre y poético relato no merece desdeñar a ninguno de ellos, aunque si hay alguien que merece destacarse un poco sobre los demás éste es Oskar, en tanto que realiza un viaje completo, una evolución radical como ser, de la mano de su ángel protector Eli. Desde la timidez asocial arraigada como consecuencia de su propia biografía a la patente cobardía y sus fútiles ansias de cambiar la situación, su personaje experimenta una evolución a la par del silencio sigiloso primerizo y el arrojo envalentonado del final, a excepción de los imposibles racionales de la penúltima escena.
 Esta leve pero brillante metamorfosis se ejecuta a través de pocas líneas de dialogo y mucha interpretación gestual. Su mirada (al igual que la de Eli, primitiva, oscura y profunda) expresa mucho más que sus palabras: la mirada de desconfianza inicial hacia Eli, su mirada de ansiosa incertidumbre en la cama a la hora de pedir la fidelidad de Eli, la mirada de tristeza tras observar como cae el ejemplo de su padre, su última tabla de salvación conocida, cuando éste se entrega a la bebida con el vecino y se olvida de él. Tan sólo algunos ejemplos de miradas y gestos con un lenguaje singular que construyen por sí solas los conceptos más profundos y sensibles de esta triste y bella historia de amor.


La toma / la secuencia
 
 La delicadeza con la que están tomadas todas las instantáneas que conforman esta horrorosa narrativa poética dan lugar a una imposible elección inequívoca de tan sólo una escena o fotograma. Desde la tristeza melancólica a la languidez del respeto y el amor, pasando por su enorme capacidad turbadora, cualquier opción podría satisfacer a la mayoría de los gustos. Ciertamente, las escenas de mayor impacto emocional corresponden a  momentos en los que la naturaleza del horror sale a relucir inquietantemente, como la escena del terrorífico incidente de la vecina alcohólica víctima del ataque de Eli en la cama del hospital, envuelta en llamas por el contacto con la luz del sol, o el acto de sacrificio final del padre de la niña, pero también es justo señalar que los instantes más sobrecogedores a nivel emocional corresponden a los actos de amor, rodados de manera preclara y dignos ejemplos de los que debería ser un montaje óptimo en cualquier escuela de dirección.
 La terrible venganza que tiene lugar en la ya imprescindible escena de la piscina sería una clara apuesto d esto último, con la lente subacuática mostrando el esfuerzo de supervivencia en el rostro de Oskar en primer plano mientras el horror más gore va sucediéndose en segundo plano. Todo un prodigio de planificación y puesta en escena. Pero fundamentalmente es necesario admirar la última, elegante y hermosa escena, de la cual es mejor desvelar poco o nada. Tan sólo decir que el amor puro no conoce de fronteras ni lenguajes, sino de gestos puros y simples. Como el código Morse.
 
 
Nuestra nota: 8,3



sin comentarios
 
Buscar
Regreso al contenido | Regreso al menu principal