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Creative Control

(Benjamin Dickinson, USA, 2015)


 
 
Deshumanización aumentada

 
 
Sinópsis
 
 Brooklyn, Nueva York, a cinco minutos para el futuro. Los veloces avances tecnológicos y de comunicación están generando dispositivos del futuro con el fin de aliviar el aburrimiento, aunque paradójicamente lo único que consiguen es aumentar el nivel de ansiedad de sus inseguros ciudadanos. En este contexto, David (Benjamin Dickinson) es un ejecutivo de publicidad el cual trabaja en el desarrollo de una campaña de marketing de alto perfil para promocionar una nueva generación de gafas de realidad aumentada. La monotonía y el agobio por el exceso de trabajo provocarán que acabe utilizando con demasiada frecuencia el nuevo artilugio con la excusa de testarlo adecuadamente, mezclándose poco a poco los deseos fantasiosos que su libido desea experimentar junto a la chica de su mejor colega, Sophie (Alexia Rasmussen) y la anodina y algo conflictiva realidad presente que mantiene junto a su propia novia, Juliette (Nora Zehetner), la cual comienza a desdibujarse. El abuso de la química mezclada con alcohol, el estrés y su dependencia de una realidad ficticia cada vez más pronunciada derivarán su comportamiento cada vez más errático hacia un punto de difícil retorno.

 
Conceptos
 
 Bajo su narrativa capa de melodrama sci-fi gratamente desarrollado, este filme de bajo presupuesto levantado con grandes dosis de cariño artesanal y fértiles cantidades de imaginación y trabajo de guion se apuntala poderosamente como retrato contemporáneo del individuo de primera clase, del ciudadano integrante de un país desarrollado que goza de sus libertades, derechos y posibilidades plenipotenciarias, así como de las sombras que proyectan el mal uso o abuso de esos mismos componentes, llegando incluso a dominar y quebrantar la síntesis autónoma del propio ser humano. Los conceptos alrededor de los cuales gravita en esta ocasión la representación de esa dualidad son básicamente dos.

 Soledad tecnológica. La gran paradoja de la sociedad tecnificada o mal nombrada desarrollada de nuestros tiempos coetáneos compartidos; justo cuando las posibilidades de comunicación e información se han tornado infinitas, justo cuando el intercambio cultural puede dar lugar a una mejor vertebración entre las diferentes tipologías sociales, justo en este momento es cuando el individuo se encierra de manera inconsciente en su propio yo, desde la hipocresía y el egoísmo, ante un exceso diarreico de comodidades que nos generan una apacible zona de confort existencial de la que es muy complicado escapar, en medio de una coyuntura en la que todo se cosifica y tiene fecha de caducidad excesivamente corta, incluidos los sentimientos.
 No importa crear algo perdurable y con significado auténtico e incuestionable, tan sólo adquiere valor la rapidez y el impacto, aun cuando el producto o la noticia no sea veraz y no este contrastado; si no es cierto ya lo desmentirán, la víctima de la falacia o el engaño deberá aportar pruebas para mostrar su inocencia o validez; si no funciona o persiste en el tiempo, se cambia por algo sutilmente modificado con los réditos de lo anterior. Esto vale lo mismo para un artilugio de entretenimiento de última generación, unas gafas que consiguen crear realidad de lo artificialmente inexistente a través de nuestras percepciones sensoriales, como también para las débiles relaciones interpersonales que se generan con el paso de nuestra biografía y circunstancias a nuestro alrededor, llámese amigos de antaño o sólida relación amorosa de muchos años a.
 La perversión y la devastación ética del individuo contemporáneo tiene su origen, según los planteamientos de este relato, en la excesiva distracción de lo baladí, en la nimiedad de nuestros actos cotidianos, en la insatisfacción permanente a través del deseo constantemente renovado en obtener más, en acapararlo todo a pesar de tener colmadas todas nuestras expectativas de manera sobrada. De ese modo, e muchos casos actuales el sistema obnubila la razón del ser cegándolo de su propio entorno, sumergiéndolo en una espiral de validación completamente individual. Al final del trayecto, que no necesariamente de la vida, van apareciendo esos puntos de disrupción que acaban por ahogar al individuo en la soledad más autodestructiva o lanzándole un salvavidas de conciencia súbita que le permite subirse de nuevo al universo de las relaciones sociales.

 Dependencia social. Si bien la soledad y el asilamiento pueden ser una opción deliberada y consciente, libre y autónoma, en el ejercicio de esta historia queda plasmada como una derrota en una de las esferas más trascedentes del hombre, como un hito que marca de manera diáfana la frontera entre la felicidad y la tristeza. Por otro lado, las relaciones sociales actuales, las cuales se articulan en gran medida a través de las redes sociales amparadas por el veloz desarrollo de las nuevas tecnologías, se muestran extremadamente frágiles, a merced de decisiones o situaciones demasiado volátiles y caprichosas como para dar garantía de autenticidad a las mismas. En este sentido el creador de Creative Control ha querido ejemplificar este hecho a través de la modificación del tono fotográfico, realizando una sutil variación en aquellos momentos que él quiere significar como claves para la película.
 Todo el filme está registrado con un claro revelado en blanco y negro limpiamente digital, con claros desenfoques de fondo en las primeras secuencias que el protagonista testea las gafas para su propio beneficio y no así el de su labor encomendada. Con el avance del relato, ese tibio desenfoque del ámbito en el cual se mueve ficticiamente David desaparece, se ajusta a una realidad distinta, ficticia tan sólo en la imaginación y la mente del publicista, hasta llegar al punto de la locura de la ensoñación, cuando sus deseos parecen hacerse realidad, secuencias aprovechadas por el director para introducir el color en la figura del objeto codiciado y central de la trama, el de Sophie y la relación que mantiene con David. Para éste esa es la única realidad, borrado todo rastro de presente pasado de un plumazo, obcecado en su recurrente y obsesiva ficción gracias a la ayuda de las pastillas, las drogas y el alcohol, de los cuales tampoco puede prescindir aun sin ser consciente de ello.
 Al final, en la cúspide de la enajenación, cometerá la imprudencia de mostrarse gravemente insensato, explícitamente honesto, perdiendo definitivamente sus deseos súbitamente, duramente como un puñetazo. La obsesión posesiva, de David, además, se conjuga grácilmente con la del resto de personajes principales: la desbocada manía de su amigo Wim (Dan Gill) por grabarlo todo, por dejar constancia y adquirir un notorio relieve sobre su círculo más próximo a través de las instantáneas nada profesionales, así como su dependencia del sexo; la misma incontrolada dependencia emocional que muestra Juliette, la novia de David, para con éste. En definitiva, una sumisión del individuo hacia esas obsesiones difícil de quebrantar, una subordinación de estos personajes hacia un comportamiento obsesivo que lo único que consigue es potenciar el carácter aislado del mismo.


    

 

El personaje
 
 La última toma es suficientemente elocuente con todas estas vicisitudes que hemos desgranado hasta ahora, ya que si bien no podemos aseverar con determinación quién ha ganado al final del trayecto si podemos apreciar con claridad la única persona que ha sido capaz de evolucionar hacia un estado distinto al del principio del filme, el único personaje que muta hacia una perspectiva que aparentemente le asegura su propia estabilidad emocional y le permite ser dueña de sus propias decisiones, Juliette. A pesar de no presentar claras disposiciones valorativas, de mostrar un tono aséptico lejos del enjuiciamiento de las acciones de los personajes, Benjamin Dickinson resuelve los conflictos de sus piezas de modo distinto: David sigue dependiendo de su modus vivendi de manera insacrificable, mientras que Juliette renace de sus profundas cenizas depresivas a través de la adopción de un punto de vista singular, imbuido por su mentor sexual Govindas (Paul Manza), el cual le ofrece suficientes argumentos existenciales como para adquirir la fuerza y  seguridad de saber qué es lo que quiere y con quien lo quiere, aunque lamentablemente no pueda ver cubiertos sus deseos al final.

 
La toma / la secuencia
 
 Por la hondura de su significación dentro del contexto que se induce de la propia trama, la secuencia con mayor peso específico conceptual de la película es aquella en la que una desesperada Juliette ante prolongada ausencia física de David decide, en contra de sus propios principios, quebrantar sus propias reglas del juego y llevarse a su casa al hasta entonces envidiado y algo repudiado colega Govindas. Juliette no pretende tener un encuentro sexual con el místico yogui, sino desahogar su frustración, su ira, en forma de venganza, como castigo a David en la persona de Govindas. No obstante, éste se percata al instante de la situación observando la confusión de Juliette, la cual utiliza una gélida brusquedad como sustituto de la calidez de la pasión; acelerada en exceso exclama “esto es lo que quiero”; pero Govindas consigue apaciguar los gestos rudos y ofuscados de Juliette con una sentencia demoledora: “hay dos personas aquí”. Frente al predominante egoísmo individualista del que hacen gala todos los componentes de este relato, de golpe y porrazo, como una losa ingrávida, se abre la luz: las personas no son objetos a los que utilizar y desechar de inmediato, nuestros semejantes tienen sentimientos, y estos no se obtienen o arrebatan, se labran.


La valoración
 
Pequeña aunque ambiciosa muestra indie, Creative Control aborda el tema de las poderosas influencias de los avances tecnológicos en la vida ordinaria de una amplia mayoría de ciudadanos, de las dependencias y obsesiones que nos crean en unos ámbitos sociales ya de por sí suficientemente embrutecidos o viciados por otros objetos que nos crean una dependencia vital casi absoluta. La insatisfacción permanente y el lastre que nos impone sobre nuestras relaciones se ofrecen aquí desde una mirada más trivial pero con fuerte poso colectivo, siguiendo el ejemplo de la sí mayúscula Her (Spike Jonze, USA, 2016) por citar tan sólo un referente. Con todo, una buena muestra de qué se puede hacer con mucha imaginación, algo de talento y poco presupuesto.


 Nuestra nota: 6,8


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