Contextualización - Travelling circular

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Convivencia y mixtura entre imagen animada y disciplinas paralelas





 Uno de los aspectos fundamentalmente decisivos a la hora de redondear artísticamente una producción fílmica deviene en el acierto (o no) a la hora de trabajar en el aparto de sonido en post-producción. Más allá de la importancia primordial de la banda sonora musical que acompaña a las imágenes en movimiento, hecho clave a la hora de despertar consciencias y emociones en el receptor de la obra artística, la elección y edición de sonidos se erige como aspecto capital a la hora de ultimar una producción con suficiente empaque para que consiga alcanzar toda la intencionalidad propulsada desde el seno de la misma historia narrada.

 Antaño, el cine mudo se sustentaba y acompañaba de representaciones musicales in situ, las cuales pretendían acercar el hecho visual al efecto anímico del público; la oscuridad y la focalización del sentido de la vista en el punto de fuga de la pantalla, junto al acompañamiento musical, pretendían generar atmósferas únicas, las cuales basculaban desde la representación más vívida de la realidad hasta la recreación de las fantasías más ensoñadoras o tenebrosas. La falta de sonidos de ambiente sincronizados a la imagen, unidos a la ausencia de diálogos, dificultaban la empatía del público con el hecho artístico. En estas condiciones, una notable y exagerada gestualidad por parte de los actores, la importancia de los narradores en la tradición oriental (benshi), y la adjunción de cantantes y melodías clásicas a pie de pantalla completaban el hueco dejado por el vacío sonoro, tratándose de este modo la práctica cinematográfica alrededor de unos parámetros totalmente distintos a los experimentados hoy en día: el cine era concebido como un acto social de entretenimiento popular, con un marcado acento en el intercambio comunicativo; era luz, algarabía, distracción, impulso, dinamismo… en definitiva, existía un flujo multidireccional entre el hecho artístico, el individuo como receptor individual y el público como colectivo reunido alrededor de un producto social.

 Con la instauración sucesiva, a partir de la década de los treinta durante el siglo XX, de la banda de sonido sincronizada en el celuloide, así como los avances técnicos (en materia de trucaje de la imagen, la misma post-producción), el cine sufre una mutación hacia nuevos terrenos conceptuales, alejándose paulatinamente de los preceptos del cine sin sonido. La revolución que supone este hecho generaliza el cine como entretenimiento de masas, como producto de evasión y distracción en los duros años de posguerra, estableciéndose a su alrededor una pujante industria que ocupa laboralmente a millones de individuos en todo el mundo. Más tarde, la innovación que supondría de la transmisión de imágenes a distancia facilitaría el desarrollo y universalización del medio televisivo, y la difusión de información a través de la red como algo cotidiano, indispensable, en los hogares y la vida de una amplísima mayoría de la humanidad, globalizando y fusionando de este modo el hecho cultural hacia un profundo mestizaje de las fronteras culturales e ideológicas.

 No obstante, en el ámbito cinematográfico instaurado de manera más amplia (siempre existen excepciones, como los cine fórums o los festivales, por ejemplo) la generalización del producto cinematográfico o visual no ha comportado un cambio de roles de consumo en el receptor de la obra, sino que se ha adaptado a los nuevos signos coyunturales: ahora se asume como algo corriente el hecho de disfrutar del producto final de manera individual, o en todo caso aislado en el espacio; el consumo tiene una difusión más amplia y/o global, es definido a posteriori por un mayor número de opiniones, pero el acto en sí se realiza de manera más autónoma, más delimitada. Los salas cinematográficas son sinónimo de silencio más allá de la pantalla, tan sólo quebrado por la estridencia  de las palomitas o las ocasionales ataques de tos del “respetable”; además, distintos factores estructurales propios de nuestros días han modificado los hábitos de consumo en el ámbito del entorno occidental, virando hacia un consumo más doméstico (plataformas de pago, VOD…) en perjuicio de las salas cinematográficas y la experiencia colectiva.

 A todo esto, uno de los signos distintivos de la segunda mitad del siglo XX y cuyos efectos se han establecido ya de manera permanente e indisoluble en la esencia colectiva e individual de las sociedades “desarrolladas” de nuestros días es precisamente la celeridad del tiempo y la cosificación y caducidad de nuestro entorno: nada parece ser perdurable, todo es instantáneo y pierde rápidamente utilidad e interés. Este influjo se ha trasladado, lógicamente, también al mundo artístico, y fiel reflejo de eso se advierte en la producción visual, cuyo ritmo y  su propia dinámica actual a la hora de narrar sucesos o ficciones, la manera de recoger la imagen (rodaje) y la manera como se muestra (montaje), aparece mucho más acelerada, nerviosa, sin la pausa ni el detenimiento anteriormente mostrados. Esta realidad, extendida y gratificada unánimemente mediante el reconocimiento de una amplia mayoría social (por cuanto se adecúa más a sus propios roles de vida) contrasta de manera acentuada con otras visiones vitales y artísticas en los que el valor se otorga mayoritariamente en el deleite más cercano a la pausa y la perdurabilidad.



 Estás características, inherentes a nuestro ámbito coetáneo, se advierten de manera más notoria en todo lo que rodea y concierne a la producción audiovisual más reciente, en sus múltiples vertientes de expresión (performances, mappings, videos de presentación o los mismos teasers o trailers que nos anticipan los próximos estrenos cinematográficos, por citar algunos ejemplos). Muchas de las representaciones, eventos o actos populares actuales se alimentan por igual del aspecto sonoro y el visual de manera homogénea, ya que la fusión de ambos aspectos originan a la postre una dimensión artística distinta, nueva, con un mayor número de aportaciones y significados. En definitiva, desde este espacio nos proponemos mostrar y debatir acerca de las múltiples facetas en las que lo visual, lo cinematográfico, suponga un aporte de valor extraordinario al aspecto musical o sonoro, y le acaben otorgando una dimensión totalmente distinta a la que supondría disociar ambos aspectos. Música y cine, elementos comunes que en ocasiones gratifican dos de nuestros sentidos más preciados.
 
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