Balance Sitges 2016 - Travelling circular

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Balance Sitges 2016

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 Hace ya unos días echó el telón de cierre uno de los más prestigiosos eventos cinematográficos de género especializado a nivel mundial, el célebre y reconocido Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya, y tras haber recuperado fuerzas tras la extenuante maratón de diez días de visionados non-stop y digerir lenta y provechosamente el fastuoso menú que como cada año se nos ofrece, nos proponemos desde este apartado relatar nuestra fabulosa experiencia en el mismo.


 Apuntes sobre la estructura y la organización

 Ciertamente, una de las características más sui generis que definen el carácter de este festival continua siendo las colosales dimensiones que presenta. A pesar de la firme voluntad manifestada por el comité organizador hace dos ediciones al respecto de constreñir su vasta programación revertiéndola en algo más racional y abarcable, lo cierto es que la mínima reducción de títulos presentados corresponde más a efectos prácticos de estructura interna y reducción de costes que no debido a un planificado proyecto de reformulación con el fin de hacer accesible toda la programación. No obstante, desde nuestro punto de vista, uno de los atractivos principales que a la postre acaban por erigir este festival como el mejor de su categoría es precisamente la amplitud de su oferta, o dicho de otro modo, el excelente trabajo anual de su comité de selección que edición tras edición realiza una ardua tarea de visionados y de gestión comercial para poder escoger y ofrecer lo mejor y más representativo de la cosecha anual de género en los principales eventos mundiales.

 La apuesta anual centra su atención precisamente en ese hecho, en alejarse voluntariamente del glamour y la falsa impostura, del rigor exacerbado y la estructura monolítica piramidal para así entregarse voluntariamente al público, cuya fidelidad y fanatismo demuestran año tras año lo acertada que es su firme propuesta. Escasos mega-astros o pocas radiantes y fugaces estrellas del panorama cinematográfico y su entorno recorren su alfombra roja, más bien reputada gente de la industria y amigos del festival (algunos muy ilustres, profesionales que presentaron sus primeros proyectos a través de esta plataforma de difusión), limitadas premieres internacionales (si acaso sí nacionales) pero mucha, mucha oferta.

 Esta planificación se ha ampliado y perfeccionado en las últimas ediciones, dotando de facilidades manifiestas a la razón de ser del popular Festival de Sitges, sus acólitos seguidores. Mayor holgura en los timmings de la parrilla diaria, mayor flexibilidad y mejoras en la comodidad de los accesos y un óptimo y acertado sistema de gestión propio en la gestión de entradas (que este año si ha funcionado correctamente, salvo algunas excepciones); por el contrario, el confort en las colas de espera continúa siendo exiguo: los únicos espacios con carpa anti-lluvia, el Auditori Melià y la Sala Tramuntana, se han mostrado claramente insuficientes en casos de excepcionales torrentes de agua, por no hablar de la crónica rémora de difícil solución (y encanto peculiar, también) de las Salas del casco urbano, las cuales provocan en ocasiones situaciones algo incomodas. En cuanto a los elementos adyacentes, los medios de hostelería “anexionados” al festival continúan suspendiendo de manera rotunda: la carpa de tentempiés del hotel Melià, en su nueva ubicación, es cómoda y eficiente, pero continúa siendo excesivamente cara; si hablamos de La Cañateca del Casino Prado el servicio sigue siendo pésimo y maleducado, y en cuanto al bar del Retiro se muestra claramente insuficiente y escasamente profesional para absorber las necesidades de los espectadores durante todo el Festival. Por tanto, la recomendación, siempre que nuestra apretada planificación nos lo permita, continúa siendo alejarse de los centros de exhibición si se desea no sentirse agobiado por el tiempo de espera o directamente estafado por la relación calidad-precio.

   

 En cuanto a los espacios de proyección casi todos ellos empiezan a reclamar algunas mejoras sustanciales que eleven la categoría de la experiencia acorde a la excelencia del clima que se genera y la calidad de la oferta que se exhibe. El Auditori Melià aúna confortabilidad y excelencia de medios, con su mastodóntica pantalla con un óptimo grado de visibilidad desde prácticamente todos los ángulos (incluido los laterales), pero el sistema de sonido bien podría ampliarse y adaptarse a Dolby Atmos©, ya que en ocasiones el exceso de volumen no lo es todo. La anexa Sala Tramuntana ha ganado algo en visibilidad con la inclusión de las gradas verticales inclinadas, pero el tamaño del lienzo de exhibición es todavía harto insuficiente; capítulo aparte merecería el olvidable sistema de sonido, claramente deficiente y poco definitorio para cubrir tanto espacio. En el casco urbano, los dos cines activos durante el resto del año necesitan hace tiempo una inversión difícil de conseguir, sobre todo en lo relativo a los asientos para los espectadores, si bien el encanto y la belleza del Prado (con nuevos y fantásticos murales pintados en su interior) o el golfo climax del Retiro compensan sentimentalmente esas carencia. Por su parte, la oferta gratuita que conforman tanto el espacio Brigadoon como el Hort de Can Falç deben valorarse muy positivamente, ya que las limitaciones que presentan se ven ampliamente compensadas con la muestra cinematográfica que se exhibe.

 Al margen del material audiovisual que se exhibe durante los diez días que dura el Festival también existe una extensa oferta paralela. En este sentido, las presentaciones de ensayos, recopilaciones o biografías narrativas que suelen realizarse en el stand de Fnac, en el marco de su acuerdo de colaboración comercial, no suelen tener el éxito esperado, y la aceptación de las fantásticas master-class dependen en exceso del grado de culto y el tirón de la película y el invitado que las ofrecen; es una lástima que no se prodiguen más los interesantes Q&A o turno de preguntas abiertas tras los pases con los invitados de las películas proyectadas, ya que son una oportunidad única y maravillosa para enriquecer y completar el deleite artístico visual, pero lo ajustado de la parrilla en demasiadas ocasiones lo impide; por otro lado, parece ser que la tradicional Zombie-Walk importada de otros festivales e instaurada desde hace ya algunos años necesitaría un nuevo impulso o reformulación, ya que a pesar de mantenerse como un importante polo de atracción turístico el influjo en el marco de actividades del propio festival parece haber perdido algo de frescura y vigor.

 Pero el principal activo, junto al público, continúa siendo los más de doscientos cincuenta estrenos cinematográficos en exclusiva nacional y, en algunos casos, como única oportunidad de poder disfrutar de ellos en sala de cine, debido a la poca suerte que la mayoría de ellos sufrirá con la distribución. Todos los aciertos y aquellas situaciones susceptibles de mejora quedan eclipsados cuando empiezan las proyecciones y los asistentes mutan automáticamente en devoradores de celuloide. Es entonces cuando la magia de Sitges se eleva y convierte en fuerza poderosa e imparable, en marco idóneo para poder disfrutar del mejor y más rabiosamente nuevo cine de género del año.


 Las películas: aciertos, decepciones y descubrimientos

 La producción y recolección de títulos cinematográficos para esta edición de 2016 ha sido muy positiva, alcanzando una media más que aceptable en la mayoría de los casos, de entre la cuarentena de películas que hemos podido abarcar este año. A continuación pasamos a destacar los aspectos más significativos de aquellas que, para bien o para mal, han llamado nuestra atención.


        Hell or High Water

 Las grandes confirmaciones han llegado fundamentalmente propulsadas por medio de importantes guiones y excelentes diseños de producción. En este apartado es necesario destacar, en primer lugar y como película que reúne según nuestro criterio mayores virtudes, el intenso thriller fronterizo Hell or High Water (David Mackenzie, USA, 2016), el cual se erige con una fuerza desbocada y una personalidad absoluta a través de un magnífico guion que aglutina capas narrativas diversas al margen de su propia historia (ya de por si imponente), con una afilada autocrítica sobre el salvaje modelo capitalista contemporáneo, el cual selecciona y excluye sin piedad a los sujetos de sus dominios, así como un ácido balance a los claroscuros históricos norteamericanos y la autenticidad real de la América más profundamente descarnada así como sus gentes. Memorables interpretaciones, especialmente y de nuevo de un gran Jeff Bridges en el papel de sarcástico, contemplativo y poco complaciente añejo agente de la ley al borde de la jubilación, acompañado por los buenos roles interpretados por Chris Pine y Ben Foster, y cuyo colofón memorable se cierra mediante un epílogo demoledor que reafirma su tono y carácter poniéndole un inolvidable broche de oro.


The Handmaiden

 The Handmaiden (Park Chan-wook, Corea del Sur, 2016) nos ha dado todo aquello que esperábamos y algo más. A diferencia de la mayoría de obras asiáticas presentadas en el marco de Sitges 2016, ésta no queda lastrada por su excesiva duración, gracias al continuo y delicioso vaivén de su sofisticado guion y debido también a la maestría en la dirección que ofrece una vez más el creador de la obra. Mediante un hábil montaje que estructura la historia en tres segmentos claramente diferenciados en función de los distintos y divergentes puntos de vista acerca de un mismo suceso, el relato sabe mutar y sorprender a la vez que interesar y atrapar al espectador, apoyándose también en sólidas bases, tales como un deslumbrante diseño de producción o una ajustada interpretación de los cuatro protagonistas. Nuevamente, Park Chan-wook sigue mostrándose como uno de los mejores directores contemporáneos y uno de los más capacitados para ejecutar guiones de alta dificultad estructural, escogiendo inteligentemente el encuadre y la perspectiva más adecuada para cada escena, alejándose de fútiles alardes e inútiles excesos en la producción tan utilizados y vistos hoy en día.


A Monster Calls

 Un monstruo viene a verme (A Monster Calls, J.A. Bayona, USA /España, 2016) reafirma la impresión generalizada de que nos encontramos ante un consolidado genio de las imágenes que trasciende desde hace tiempo el panorama nacional. Con vínculos muy cercanos al festival, el nuevo proyecto del director catalán se instituye como uno de los mejores filmes de género del año y lo reafirma como un auténtico artesano de la empatía conmovedora, al seguir mostrando, como todos sus proyectos anteriores pero cada vez de manera más acentuada, construcciones audiovisuales llenas de profundo significado sentimental las cuales acaban zozobrando la fibra sensible del espectador en la mayoría de las ocasiones. Su última película es una hermosa metáfora, vestida con brillantes ropajes fantásticos, de la existencia, el amor y la muerte, la incomprensión y el rechazo de lo inevitable, la difícil comprensión y aceptación de esos grandes conceptos que se muestran inherentes a todo ser humano en muchos momentos de su trayectoria vital. Óptimos efectos especiales y visuales, gran descubrimiento y trabajo actoral del joven Lewis MacDougall y extraordinaria labor de montaje que acaban por constituir una bellísima y tierna obra artística.
                                                                                                           
 Estas tres películas han destacado sobre el resto por estos motivos y algunos más, aunque también se han reafirmado como buenos proyectos otros filmes que auguraban buenos resultados en la mayoría de los casos gracias al contrastado aval de sus antecedentes. Así, es necesario distinguir también la continua tensión y el mal rollo según los estándares más clásicos que ofrece la pequeña y buena pieza de cámara The Autopsy of Jane Doe (André Øvredal, USA, 2016), el sorprendente terror místico y antropológico de la quizás excesivamente larga The Wailing (Hong-jin Nan, Corea del Sur, 2016), las inverosímiles y salvajes coreografías reales sin fin de Headshot (Mo Brothers, Indonesia, 2016), el buen hacer con pocos medios y óptimos resultados de Tunnel (Kim Seong-hoon, Corea del Sur, 2016) o el excelso pulso para la acción más compleja, una vez más, del maestro Dante en Operation Mekong (Dante Lam, China / Hong Kong, 2016).


Swiss Army Man

 Sin ser para nada productos fallidos, habría un conjunto de buenas películas en las que alguno de sus componentes ha acabado mermando decisivamente sus logros, rebajando así un resultado final notable. Encabezaría este grupo la gran triunfadora de la presente edición del Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya, Swiss Army Man (Daniels, USA, 2016), cuya hermosa parábola acerca de la soledad del ciudadano moderno está afectada de una parte central en exceso repetitiva y discontinúa, Train to Busan (Yeon Sang-ho, Corea del Sur, 2016), víctima de su propio, excesivo y erróneo hype, vendiéndose como nueva hornada de cine de zombis cuando en realidad pesa más su parte melodramática, Creepy (Kiyoshi Kurosawa, Japón, 2016), interesante retorno a las historias más tenebrosas del maestro nipón aunque algo tediosa por su longitud, 31 (Rob Zombi, Reino Unido / USA, 2016), brutal y trepidante salvajada del denostado artista norteamericano perjudicada por un exceso de nerviosismo cámara en mano o, finalmente, uno de los thrillers españoles del año, Que Dios Nos Perdone (Rodrigo Sorogoyen, España, 2016), el cual demuestra el buen pulso que se le ha tomado al thriller en nuestro país durante la última década, construyendo entretenidos filmes de acción a partir de nimios elementos argumentales.

 Lamentablemente, también hemos de hablar de importantes decepciones, películas de las cuales esperábamos mucho más de lo que al final han sabido ofrecer. Una de las mayores desengaños (así como casi una confirmación definitiva de que su primer proyecto serio fue flor de un solo verano) es el nuevo filme de Miguel Ángel Vivas, Inside (España, 2016), a todas luces innecesaria vuelta de tuerca (ni desde su ritmo ni desde su intención se puede vender como remake) del clásico francés de 2007, en algunos pasajes algo absurdo y hasta ridículo (la edición de sonido, por cierto, nefasta). Otro filme español del que se esperaba más tras los excelentes trabajos anteriores de su ingenioso director era el nuevo y misterioso proyecto de Nacho Vigalondo, Colossal (Canadá, 2016), aburrida e inconcebible parábola acerca del intento de mostrar las influencias de nuestra conducta sobre nuestro entorno; al menos nosotros no supimos empatizar con su propuesta esta vez. Dog Eat Dog (Paul Schrader, USA, 2016) confirma la caída en los infiernos del histrionismo más prepotente y vacuo del otrora excelente director de Michigan (por cierto, acertadísima elección de casting… ejem!), mientras que la famosamente impulsada por el boca-oreja y el sospechoso marketing cuché Grave (Julia Ducournau, Francia, 2016) nos ha parecido original e impactante, a la vez que incompleta y alargada como un chicle ya demasiado roído.

 Finalmente, debemos hablar de una de las principales razones o de la importancia mayúscula que adquiere la asistencia a un Festival de estas características,  mediante la búsqueda y el encuentro casual o los hallazgos que suelen encontrarse en él, aquellos diamantes en bruto o pequeñas grandes perlas por pulir que nadie había previsto y sobre los que casi nadie había hablado, grandes descubrimientos que justifican por si mismos la labor casi arqueológica de paciente rastreo que durante diez días llevamos a cabo miles de seguidores a la espera de la revelación magistral de lo insólito y extraordinario, con el fin de registrar en un lugar destacado de la memoria aquel legendario y entusiasta enunciado de “esa la vi yo por primera vez en…”. Siempre surge algún motivo para considerar que la asistencia al Festival ha merecido la pena por muchas razones pero complementadas por ese plus extra, esa cerecita sobre el gran pastel que acaba de redondear un exquisito banquete.


The Eyes of My Mother

 En esta ocasión hemos detectado tres buenas causas a las que el tiempo acabará por resituar en su justo lugar, aunque con una sólida consistencia que ya las erigen como tres fantásticos proyectos con un gran acabado. Así, The Eyes of My Mother (Nicolas Pesce, USA, 2016), se presenta como una exquisitez inusual, una delicada y aterradora historia que muestra un arco narrativo que sabe mantener a lo largo de su recorrido mediante un significado lleno de poliédricos matices, siempre desde su sencillez, una conmovedora y pausada construcción que sorprende gratamente, empezando por su aspecto visual gracias a la elección de una nítida fotografía en blanco y negro, cuya ausencia de color se justifica en la intención de ocultar los elementos de distracción panorámicos y centrar el objetivo en lo esencial, que no es otra cosa que una neutra, gélida e incómoda mirada biográfica de ficción acerca de las miserias más potentes del alma humana en la América rural más profunda. Poética y aterradora a la par, consigue provocar fuertes sentimientos encontrados alrededor de la historia, el carácter y los crueles y fríos actos que presenta su actriz protagonista, una novel y magnífica Kika Magalhaes. Potentísimo relato acerca de los mecanismos coyunturales y estructurales que consiguen deformar la realidad y de cómo el ser humano crece y se adapta a las circunstancias por muy duras y áridas que éstas sean.


Remainder

 Remainder (Omer Fest, Reino Unido, 2016), por su parte, ofrece sus brillantes bazas por medio de un intrigante y complejo guion que indaga acerca de los poderosos mecanismos de la memoria humana, el cual desde su imponderable albedrío decide, deforma y llegado el caso anula la realidad presente y la biografía pasada, dejando sin efecto la voluntad del individuo e incapacitando cualquier esfuerzo en su contra; todo este análisis se construye desde una hábil y mínimamente engañosa trama, una acertada iluminación y un óptimo montaje. Brillante aunque algo falta de fuerza en su parte final.


The Love Witch

 Finalmente, nos sorprendió muy gratamente The Love Witch (Anna Biller, USA, 2016), principalmente por la frescura que aportó su contenido visual, con un potente y continúo homenaje a las viejas producciones norteamericanas de la década de los setenta. Locura alucinógena por momentos, parte desde supuestos absurdos y a partir de ahí construye con mucho arrojo y descaro un bizarro relato revestido con ropajes de serie b, una simple y efectiva historia que mezcla distintas técnicas y elementos en todos sus aspectos, ofreciéndose como una pieza única, una rareza de culto a poco que se deje madurar. Acertado diseño de producción y fantásticas composiciones audiovisuales a partir de un exiguo presupuesto, en todo un buen ejemplo de sabia utilización de mínimos recursos. Si remontaran su montaje condensándola en una nueva pócima de veinte minutos menos la redondearían aún más.

   Y hasta aquí todo lo que podemos decir desde nuestra tribuna y bajo nuestro prisma de la edición de 2016 de uno de nuestros festivales más queridos, nuestro Festival de Sitges. Edición pasada por agua, sin grandes problemas o incidencias que ha servido esencialmente para su organización como poderoso banco de pruebas para la mastodóntica y especial celebración de su especial y esperado quincuagésimo aniversario del año entrante, y para los espectadores habituales para saciar nuestra ansiedad de visionados non-stop más tradicionales y significativos de cada año.


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